miércoles, 22 de marzo de 2017

Santos - Capítulo 5 (F-H)



San Francisco de Asís
Francisco de Asís, nacido Giovanni di Pietro Bernardone; nació en Asís, 1181/1182 –y murió el 3 de octubre de 1226) es un santo italiano, diácono, y fundador de la Orden Franciscana, de una segunda orden conocida como Hermanas Clarisas y una tercera conocida como tercera orden seglar, todas surgidas bajo la autoridad de la Iglesia católica en la Edad Media.
De ser hijo de un rico comerciante de la ciudad en su juventud, pasó a vivir bajo la más estricta pobreza y observancia de los Evangelios. En Egipto, intentó infructuosamente la conversión de los musulmanes al cristianismo. Su vida religiosa fue austera y simple, por lo que animaba a sus seguidores a hacerlo de igual manera. Tal forma de vivir no fue aceptada por algunos de los nuevos miembros de la orden mientras ésta crecía; aun así, Francisco no fue reticente a una reorganización. Es el primer caso conocido en la historia de estigmatizaciones visibles y externas. Fue canonizado por la Iglesia católica en 1228, y su festividad se celebra el 4 de octubre. Es conocido también como il poverello d'Assisi (‘el pobrecillo de Asís’, en italiano).
En el siglo XII se hicieron cambios fundamentales en la sociedad de la época: el comienzo de las Cruzadas y el incremento demográfico, entre otros motivos, influyeron en el incremento del comercio y el desarrollo de las ciudades. La economía seguía teniendo su base fundamental en el campo dominado por el modo de producción feudal, pero los excedentes de su producción se canalizaban con mayor dinamismo que en la Alta Edad Media. Aunque todavía no se estaba produciendo una clara transición del feudalismo al capitalismo y los estamentos privilegiados (nobleza y clero) seguían siendo los dominantes, como lo fueron hasta la Edad Contemporánea, los burgueses (artesanos, mercaderes, profesionales liberales y hombres de negocios) comenzaban a tener posibilidades de ascenso social. La Iglesia, protagonista de ese tiempo, también se vio influida por la nueva riqueza: no eran pocas las críticas a algunos de sus ministros que se preocupaban más por el crecimiento patrimonial y sus relaciones políticas de conveniencia.
Debido a ello, diversos movimientos religiosos surgieron en rechazo a la creciente opulencia de la jerarquía eclesiástica en esa época, o se dedicaron a vivir más de acuerdo con los postulados de una vida pobre y evangélica. Algunos de ellos medraron afuera de la institución y vivieron a su manera; tales movimientos fueron condenados hasta el punto de considerarlos herejes. Los cátaros predicaban entre otras cosas el rechazo a los sacramentos, las imágenes y la cruz. Otras organizaciones como la creada por San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, por el contrario, nacieron bajo sumisión a la autoridad católica y fueron conocidas con el nombre genérico de "los monjes mendicantes". Este movimiento logró que la mayoría de la Iglesia se alejase de la opulencia, algo que tornaría en el siglo XIV.
Francisco de Asís nació bajo el nombre de Giovanni. Sus padres fueron Pietro Bernardone dei Moriconi y Donna Pica Bourlemont, provenzal; tuvo al menos un hermano más, de nombre Angelo. Su padre era un próspero comerciante de telas que formaba parte de la burguesía de Asís y que viajaba constantemente a Francia a las ferias locales. Entre algunas versiones, fue la afición a esta tierra por lo que su padre lo apodó después como Francesco o el francesito; también es probable que el pequeño fuera conocido más adelante de este modo por su afición a la lengua francesa y los cantos de los trovadores.
Francisco recibió la educación regular de la época, en la que aprendió latín. De joven se caracterizó por su vida despreocupada: no tenía reparos en hacer gastos cuando andaba en compañía de sus amigos, en sus correrías periódicas, ni en dar pródigas limosnas; como cualquier hijo de un potentado tenía ambiciones de ser exitoso.
En sus años juveniles la ciudad ya estaba envuelta en conflictos para reclamar su autonomía del Sacro Imperio. En 1197 lograron quitarse la autoridad germánica, pero desde 1201 se enfrascaron en otra guerra contra Perusa (Perugia), apoyada por los nobles desterrados de Asís. En la batalla de Ponte San Giovanni, en noviembre de 1202, Francisco fue hecho prisionero y estuvo cautivo por lo menos un año.
Desde 1198 el pontificado se hallaba en conflicto con el Imperio, y Francisco formó parte del ejército papal bajo las órdenes de Gualterio de Brienne contra los germanos.  

De acuerdo con los relatos, fue en un viaje a Apulia (1205) mientras marchaba a pelear, cuando durante la noche escuchó una voz que le recomendaba regresar a Asís. Así lo hizo y volvió ante la sorpresa de quienes lo vieron, siempre jovial pero envuelto ahora en meditaciones solitarias.
Empezó a mostrar una conducta de desapego a lo terrenal. Un día en que se mostró en un estado de quietud y paz sus amigos le preguntaron si estaba pensando en casarse, a lo que él respondió: Estais en lo correcto, pienso casarme, y la mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual. Hasta ese momento todavía no sabía él mismo exactamente el camino que había de tomar de ahí en adelante; fue después de reflexiones y oraciones que supo que la dama a quien se refería era la Pobreza. 

El punto culminante de su transformación se dio cuando convivió con los leprosos, a quienes tiempo antes le parecía extremadamente amargo mirar. Se dedicó después a la reconstrucción de la capilla de San Damián. Según los relatos, lo hizo después de haber visto al crucifijo de esta iglesia decirle: Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas. Entonces decidió vender el caballo y las mercancías de su padre en Foligno, regresó a San Damián con lo ganado y se lo ofreció al sacerdote, pero este lo rechazó.
Su padre, al darse cuenta de la conducta de su hijo, fue enojado en su búsqueda, pero Francisco estaba escondido y no lo halló. Un mes después fue él mismo el que decidió encarar a su padre. En el camino a su casa, las personas con que se encontró lo recibieron mal y, creyéndolo un lunático, le lanzaron piedras y lodo. 

Francisco ante las autoridades eclesiales
Su padre le reprendió severamente, tanto que lo encadenó y lo encerró en un calabozo. Al ausentarse el airado padre por los negocios, la madre lo liberó de las cadenas. Cuando regresó, fue ella quien recibió las reprimendas del señor de la casa, y fue otra vez en búsqueda del muchacho a San Damián, pero Francisco se plantó con calma y le reafirmó que enfrentaría cualquier cosa por amor a Cristo. Pietro Bernardone, más preocupado por lo perdido de su patrimonio, acudió a las autoridades civiles a forzarlo a presentarse, pero el joven rehusó hacerlo con el argumento de no pertenecer ya a la jurisdicción civil, por lo que las autoridades dejaron el caso en manos de la Iglesia.
Francisco se sometió al llamado de la autoridad eclesial. Ante el requerimiento de devolver el dinero frente a su padre y al obispo de Asís, de nombre Guido, no sólo lo hizo, sino que se despojó de todas sus vestimentas ante los jueces, proclamando a Dios desde ese momento como su verdadero Padre. Ante esto, el obispo lo abrazó y le envolvió con su manto.
No se sabe con certeza cuántas iglesias en ruinas o deterioradas reconstruyó; entre ellas, a la que más estima tenía era la capilla de la Porciúncula (“la partecita”, llamada así porque estaba junto a una construcción mayor).
Allí fue donde recibió la revelación definitiva de su misión, probablemente el 24 de febrero de 1208, cuando escuchó estas palabras del Evangelio: No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos... (Lc., 10). Así, cambió su afán de reconstruir las iglesias por la vida austera y la prédica del Evangelio. Después de someterse a las burlas de quienes lo veían vestido casi de trapos, ahora su mensaje era escuchado con atención, y al contrario de otros grupos reformadores de la época, el suyo no era un mensaje de descalificaciones ni anatemas.
En unos meses sus discípulos eran once: Bernardo di Quintavalle, Pedro Catani, Gil, Morico, Bárbaro, Sabatino, Bernardo Vigilante, Juan de San Constanzo, Angelo Tancredo, Felipe y Giovanni de la Capella.
Bajo la pobreza que Francisco predicaba y pedía, los frailes hacían sus labores diarias atendiendo leprosos, empleándose en faenas humildes para los monasterios y casas particulares, y trabajando para granjeros. Pero las necesidades cotidianas hacían la colecta de limosna inevitable, labor que Francisco alentaba con alegría por haber elegido el camino de la pobreza. Comenzó también la expansión del mensaje evangélico, y para ello los estimuló a viajar de dos en dos.
Hacia abril o mayo de 1209, Francisco se decidió a presentarse ante el papa Inocencio III, para que le aprobara la primera regla de la Orden. Con ese fin, él y sus acompañantes emprendieron el viaje a Roma.
Fue bajo la intervención del obispo Guido de Asís como pudo tener audiencia con el papa. Éste y ciertos cardenales objetaban el programa franciscano por el peligro de crear otra organización nueva, debido a los movimientos anticlericales de la época y a la falta de una mínima base material de la orden; pero bajo la influencia del cardenal Juan de San Pablo y su apoyo, Francisco pudo tener una nueva audiencia para que se considerara la aprobación de su hermandad de pobres.
El papa por fin aprobó la regla verbalmente, al convencerse de que la ayuda de un hombre como Francisco reforzaría la imagen de la Iglesia con su prédica y su práctica del Evangelio. No se conoce el contenido de esta primera regla. Fue por esta época (seis años después de su conversión según Celano) cuando fundó, junto a Clara de Asís, la llamada segunda orden.
Camino de vuelta a Asís, él y sus acompañantes se ubicaron en un lugar llamado Rivotorto, donde consolidaron sus principios de vivir en la pobreza, conviviendo entre los campesinos locales y atendiendo a leprosos; desde entonces se hacían llamar a sí mismos Hermanos Menores o Frailes Menores (el nombre fundacional de la congregación es Ordo Fratrum Minorum, abreviado O.F.M.).
Después de la estadía en Rivotorto, buscó una sede para su orden; para ello pidió la ayuda del obispo Guido, pero no consiguió respuesta favorable. Fue un abad benedictino del Monte Subasio quien le ofreció la capilla de la Porciúncula y un terreno adyacente (propiamente la partecita, la porcioncita). Francisco aceptó, pero no como un regalo, sino que pagaba como renta canastas con peces.
Durante el Concilio de Letrán de 1215, la organización adquirió un fuerte estatus legal; en ese año se decretó que toda nueva orden debía adoptar la Regla de San Benito o la de San Agustín. Para los Frailes Menores no hubo necesidad de esto, por haber sido aceptados seis años antes (aunque de palabra y no oficialmente). En este concilio el papa Inocencio III tomó la letra Tau como símbolo de conversión y señal de la cruz; de ahí en adelante el poverello fue devoto de este símbolo.
En esa época, el cardenal Hugolino les ofreció a él y a Domingo de Guzmán la posibilidad de formar cardenales de las filas de sus órdenes. Francisco, según las crónicas de Tomás de Celano, acorde con sus principios respondió: «Eminencia: mis hermanos son llamados frailes menores, y ellos no intentan convertirse en mayores. Su vocación les enseña a permanecer siempre en condición humilde. Mantenedlos así, aún en contra de su voluntad, si Vuestra Eminencia los considera útiles para la Iglesia. Y nunca, os lo ruego, les permitáis convertirse en prelados.»
Hacia el capítulo de 1219, la orden tuvo sus primeras disensiones respecto de las normas de pobreza dictadas por Francisco. Algunos persuadieron al cardenal Hugolino para que hablara con él, a fin de que la orden fuera dirigida por hermanos «más sabios» y de acuerdo con reglas como la de San Benito, a lo que el poverello se opuso recalcando la forma de vida de humildad y simplicidad. La innovación que brotó de este encuentro fue la organización de misiones a las llamadas «tierras paganas».
En 1219 se embarcó hacia el oriente, pasando por Chipre, San Juan de Acre y Damieta en el delta del Nilo, donde los cruzados estaban bajo la orden del duque Leopoldo VI de Austria. Allí, Francisco los previno de que había sido alertado por Dios de que no realizaran ningún ataque; ante sus palabras, los soldados se burlaron de él. El resultado de la siguiente batalla fue un desastre para los cruzados. Continuó su estadía y el aprecio hacia su persona crecía, incluso algunos caballeros abandonaron las armas para convertirse en frailes menores 

Frente al sultán de Egipto
Tomó como misión la conversión de los musulmanes. Para ello se acompañó del hermano Illuminato para adentrarse en esas tierras; al encontrarse con los primeros soldados sarracenos fue golpeado, pero inmediatamente pidió ser llevado ante el sultán de Egipto al-Malik al-Kamil.
Según las crónicas de Buenaventura, el poverello, en su afán de convertirlo al cristianismo, invitó a los ministros religiosos musulmanes a entrar con él en una gran fogata (equivalente a una ordalía o prueba del fuego), para así demostrar qué religión era la verdadera; los mulás rehuyeron la propuesta. Francisco ofreció entrar solo y retó al Sultán a que, si salía ileso, se convertiría al cristianismo e incitaría a su pueblo a hacerlo; el príncipe rechazó también esa posibilidad. Al final, sus pretensiones se frustraron. En reconocimiento, el sultán de Egipto entregó a Francisco un cuerno de marfil finamente tallado que habría oficiado de pasaporte en tierras musulmanas y que se conserva en la Basílica de Asís. Tiempo después, Francisco obtuvo del sultán al-Mu'azzam de Damasco, hermano de al-Malik, permiso sólo para visitar Siria y Tierra Santa.  

Crisis y reorganización
La orden, durante su ausencia, sufrió una crisis: hubo disensiones, falta de organización y desacuerdos con la ruda vida diaria. El rumor sobre la muerte de Francisco en el Oriente dio pie a implantar reformas, entre ellas ciertas medidas disciplinarias, ayunos e incluso la institución de una casa de estudio en Bolonia; muchos consideraron estos cambios contrarios a la idea original del fundador. Enterado de estos sucesos, Francisco fue ante el papa Honorio III y le rogó que designara al cardenal Hugolino para reorganizar la orden.
Las nuevas disposiciones tuvieron un nuevo Ministro General, Elias Bombarone, y una nueva regla, la de 1221 (Regla no bulada) que entre otros temas trató el año de noviciado, la prohibición del vagabundeo y de la desobediencia ante órdenes contrarias a los principios franciscanos.  

La tercera orden
Ante el incremento de las vocaciones y el peligro de inclusión de gente de dudosa vocación espiritual, nació la llamada Tercera Orden, para permitir a hombres y mujeres laicos vivir el Evangelio tras las huellas de Francisco. Obtuvo su estatus legal en 1221 también con la ayuda del cardenal Hugolino. Es en posteriores escritos como se rescata su contenido, porque el original se perdió. Consistía de trece capítulos en los que se reglamentaba la santificación personal de los terciarios, su vida social y la organización de la nueva fraternidad.
Bajo influencia nuevamente de este cardenal, la orden reabrió el convento de Bolonia para el estudio, a pesar de la convicción de Francisco de la primacía de la oración y la prédica de los Evangelios por sobre la educación formal.  

La regla definitiva de la orden, fue obligado a redactar una nueva regla, ya que ciertos opositores a la entonces vigente consideraban que le faltaba consistencia y definición, y que eso le impedía obtener una definitiva aprobación por parte de la Santa Sede. Nuevamente aceptó las exigencias. Para ello se retiró dos veces a la ermita de Fonte Colombo cerca de Rieti, a redactar una definitiva regla bajo ayuno y oración. El 29 de noviembre de 1223, con otra participación del cardenal Hugolino, la regla tuvo su forma definitiva y fue aprobada por el papa Honorio III.
Terminada la labor de aprobación de la regla definitiva, Francisco decidió retornar a Umbría. Debido a la cercanía de la Navidad, a la que él tenía especial aprecio, quiso celebrarla de manera particular ese año de 1223; para ello convidó a un noble de la ciudad de Greccio, de nombre Juan, a festejar el nacimiento de Jesucristo en una loma rodeada de árboles y llena de cuevas de un terreno de su propiedad.
Pretendió que la celebración se asemejara lo más posible a la natividad de Jesús de Nazaret, y montó un pesebre con animales y heno; pobladores y frailes de los alrededores acudieron a la misa en procesión. Allí el poverello asistió como diácono y predicó un sermón. Aunque no fue la primera celebración de este tipo, es considerada un importante acontecimiento religioso, una fiesta única.
Francisco asistió en junio de 1224 a lo que fue su último capítulo general de la orden. Hacia principios de agosto decidió hacer un viaje a un lugar aislado llamado Monte Alvernia, a unos 160 kilómetros al norte de Asís; escogió para este viaje a algunos de sus compañeros: León, Angelo, Illuminato, Rufino y Masseo, a quien el poverello puso al mando del grupo.
Estando en la cima, fue visitado por el conde Orlando, quien llevaba provisiones a los hermanos. Francisco le pidió construirle una cabaña a manera de celda, donde después se aisló. La oración ocupó un lugar central en la vida de Francisco; para ello buscaba la vida eremítica, el silencio y soledad interior. Reforzaba sus plegarias postrándose, ayunando, e incluso, gesticulando.
En ese lugar, fray León fue testigo de los actos de su soledad: lamentos por el futuro de la orden y estados de éxtasis. Al saber que era espiado, decidió irse a un sitio más apartado en una saliente de montaña. En la fiesta de la Asunción Francisco decidió hacer un ayuno de cuarenta días.
Por órdenes del poverello, fray León lo visitaba dos veces para llevarle pan y agua. Según los relatos que recogieron los testimonios de León, éste fue testigo de la aproximación y alejamiento de una bola de fuego que bajaba del cielo; por este prodigio, Francisco le comentó que algo grande estaría por ocurrir. Le hizo abrir tres veces el misal para encontrar respuesta, y las tres veces se abrió en la historia de la Pasión de Jesús.
Probablemente el 14 de septiembre de 1224, oró para recibir dos gracias antes de morir: sentir la Pasión de Jesús, y una enfermedad larga con una muerte dolorosa. Después de intensas oraciones, entonces en un trance profundo —según relato de San Buenaventura — el mismo Nazareno se le presentó, crucificado, rodeado por seis alas angélicas, y le imprimió las señales de la crucifixión en las manos, los pies y el costado; posteriormente, sus hermanos vieron los estigmas de Francisco, que él conservó por el resto de su vida. Sin embargo, Francisco -al igual que otros santos estigmatizados- hizo todo lo posible para ocultarlos a la vista de los demás por considerarse indigno, no del dolor que sentía, sino de ser portador de las señales de la Pasión de Cristo. Por eso, fue desde entonces con las manos metidas entre las mangas del hábito, y con los pies cubiertos por medias y zapatos. 

Muerte
Retornó a la Porciúncula acompañado sólo por León; en su camino hubo muestras de veneración al estigmatizado, aparentemente su acompañante hacía saber a todos acerca del prodigio. Mientras tanto, su salud —que desde mucho tiempo antes nunca fue buena del todo— empeoraba: El sangrado de sus heridas lo hacía sufrir constantemente. En el verano de 1225 pasó un tiempo en San Damián bajo el cuidado de sus allegados.
Fue durante esta temporada cuando compuso el Cántico de las criaturas, que hizo también cantar a sus compañeros. Se encaminó luego a Rieti, rodeado del entusiasmo popular por tocarlo o arrancar algún pedacito del paupérrimo sayo que vestía, y se instaló en el palacio del obispo. Después se hospedó en Fonte Colombo, donde fue sometido a tratamiento médico, que incluyó cauterizar con un hierro ardiente la zona desde la oreja hasta la altura de la ceja de uno de sus ojos; según los relatos, Francisco no sintió dolor al «platicar» con el fuego para que no lo dañara. Otro intento para ser tratado por renombrados médicos fue hecho en Siena, sin buen resultado.
Deseó volver a la Porciúncula a pasar sus últimos días. Arribó a Asís y fue llevado al palacio del obispo y resguardado por hombres armados, puesto que la localidad estaba en estado de guerra. En su lecho escribió su Testamento. En sus últimos momentos entonó nuevamente su Cántico al Hermano Sol al que agregó un nuevo verso dedicado a la hermana Muerte junto a Angelo y León.
De acuerdo con su último deseo, fue encaminado a la Porciúncula, donde se estableció en una cabaña cercana a la capilla. Murió el 3 de octubre de 1226 a la edad de 44.
Así relata San Buenaventura la verificación de las llagas de Francisco después de su muerte:
Al emigrar de este mundo, el bienaventurado Francisco dejó impresas en su cuerpo las señales de la Pasión de Cristo. Se veían en aquellos dichosos miembros unos clavos de su misma carne, fabricados maravillosamente por el poder divino y tan connaturales a ella, que, si se les presionaba por una parte, al momento sobresalían por la otra, como si fueran nervios duros y de una sola pieza. Apareció también muy visible en su cuerpo la llaga del costado, semejante a la del costado herido del Salvador. El aspecto de los clavos era negro, parecido al hierro; más la herida del costado era rojiza y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban al tacto tan blandos y flexibles, que parecían haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia. Tan pronto como se tuvo noticia del tránsito del bienaventurado Padre y se divulgó la fama del milagro de la estigmatización, el pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor. Muchos ciudadanos de Asís fueron admitidos para contemplar y besar las sagradas llagas. Uno de ellos llamado Jerónimo, caballero culto y prudente además de famoso y célebre, como dudase de estas sagradas llagas, siendo incrédulo como Tomás, movió con mucho fervor y audacia los clavos y con sus propias manos tocó las manos, los pies y el costado del Santo en presencia de los hermanos y de otros ciudadanos; y resultó que, a medida que iba palpando aquellas señales auténticas de las llagas de Cristo, amputaba de su corazón y del corazón de todos la más leve herida de duda. Por lo cual desde entonces se convirtió, entre otros, en un testigo cualificado de esta verdad conocida con tanta certeza, y la confirmó bajo juramento poniendo las manos sobre los libros sagrados.
San Buenaventura, Leyenda Mayor de San Francisco 15,4

Al día siguiente, el cortejo fúnebre se encaminó hacia San Damiano y después a San Giorgio, donde fue sepultado. Fue canonizado el 16 de julio de 1228. Sus restos se encuentran en la Basílica de San Francisco en Asís.
Los Fioretti de autor anónimo son una recopilación de hechos de Francisco, de algunos de los frailes que lo acompañaban y de San Antonio de Padua. Escritas en la segunda mitad del siglo XIV no constituyen una biografía sino una exaltación de las virtudes del poverello y de su vida simple para edificación del lector.
 Por ejemplo, en la historia de Cómo Francisco libró de un lobo feroz a la ciudad de Gubbio, el poverello fue a buscar a la fiera que atacaba a los habitantes de la localidad. Logró hacer un pacto con él al «convencerlo» de no seguir sus fechorías a cambio que los pobladores le darían el sustento que necesitaba. La bestia puso una pata delantera sobre la mano de Francisco en señal de asentimiento. Logró convivir con la gente y murió dos años después de viejo.
Otros: Cómo San Francisco fue a convertir al sultán de Babilonia, Cómo un joven regaló unas tórtolas a San Francisco…, Cómo San Francisco sanó a un leproso de alma y cuerpo, etc.
Tradicionalmente contiene 53 capítulos; a través del tiempo se agregaron otros relatos que tienen como protagonistas a los frailes Junípero y Gil. De este último hay unos denominados «Doctrina y dichos». Otros narran la estigmatización del santo católico.  

Atributos
Con barba y hábito de su orden, escapulario y cíngulo, y con estigmas en sus manos. Niño Jesús, Lobo, calavera, aves, pez. 

Vida de San Francisco de Asís ilustrada por Giotto 

1. El homenaje de un hombre simple (LM 1,1)

San Francisco nació en Asís el año 1182, de padres ricos y burgueses, comerciantes en telas, Pedro Bernardone y madonna Pica. En su juventud se crió en un ambiente de mundanidad y se dedicó, después de adquirir un cierto conocimiento de las letras, a los negocios lucrativos del comercio. Fue un joven alegre y aficionado a las fiestas, pero dentro de la corrección y la honestidad, y por más que se dedicara al lucro conviviendo entre avaros mercaderes, jamás puso su confianza en el dinero y en las riquezas. Dios había infundido en lo más íntimo del joven Francisco una cierta compasión generosa hacia los pobres, la cual, creciendo con él desde la infancia, llenó su corazón de tanta benignidad, que convertido ya en un oyente no sordo del Evangelio, se propuso dar limosna a todo el que se la pidiere, máxime si alegaba para ello el motivo del amor de Dios.
Además, la suavidad de su mansedumbre, unida a la elegancia de sus modales; su paciencia y afabilidad, fuera de serie; la largueza de su munificencia, superior a sus haberes -virtudes estas que mostraban claramente la buena índole de que estaba adornado el adolescente-, parecían ser como un preludio de bendiciones divinas que más adelante sobre él se derramarían a raudales.
De hecho, un hombre muy simple de Asís, inspirado, al parecer, por el mismo Dios, si alguna vez se encontraba con Francisco por la ciudad, se quitaba la capa y la extendía a sus pies, asegurando que éste era digno de toda reverencia, por cuanto en un futuro próximo realizaría grandes proezas y llegaría a ser honrado por todos los fieles. 

2. La donación de la capa (LM 1,2)
Cuando aquel hombre simple honraba por las calles de Asís a Francisco, éste ignoraba todavía los designios de Dios sobre su persona, ya que, volcada su atención, por mandato de su padre, a las cosas exteriores y arrastrado además por el peso de la naturaleza caída hacia los goces de aquí abajo, no había aprendido aún a contemplar las realidades del cielo ni se había acostumbrado a gustar las cosas divinas. Y como quiera que el azote de la tribulación abre el entendimiento al oído espiritual, de pronto se hizo sentir sobre él la mano del Señor y la diestra del Altísimo operó en su espíritu un profundo cambio, afligiendo su cuerpo con prisión y prolijas enfermedades para disponer así su alma a la unción del Espíritu Santo.
Una vez recobradas las fuerzas corporales y cuando, según su costumbre, iba adornado con preciosos vestidos, le salió al encuentro un caballero noble, pero pobre y mal vestido. A la vista de aquella pobreza, se sintió conmovido su compasivo corazón, y, despojándose inmediatamente de sus atavíos, vistió con ellos al pobre, cumpliendo así, a la vez, una doble obra de misericordia: cubrir la vergüenza de un noble caballero y remediar la necesidad de un pobre. 

3. El sueño del palacio lleno de armas (LM 1,3)
A la noche siguiente de haber dado sus vestidos al caballero noble pero pobre, cuando Francisco estaba sumergido en profundo sueño, la clemencia divina le mostró un precioso y grande palacio, en que se podían apreciar toda clase de armas militares, marcadas con la señal de la cruz de Cristo, dándosele a entender con ello que la misericordia ejercitada, por amor al gran Rey, con aquel pobre caballero sería galardonada con una recompensa incomparable. Y como Francisco preguntara para quién sería el palacio con aquellas armas, una voz de lo alto le aseguró que estaba reservado para él y sus caballeros.
Al despertar por la mañana, como todavía no estaba familiarizado su espíritu en descubrir el secreto de los misterios divinos, pensó que aquella insólita visión sería pronóstico de gran prosperidad en su vida. Animado con ello y desconociendo aún los designios divinos, se propuso dirigirse a la Pulla con intención de ponerse al servicio de un gentil conde, Gualterio de Brienne, que estaba al frente de las milicias de Inocencio III, y conseguir así la gloria militar que le presagiaba la visión contemplada. Emprendió poco después el viaje, dirigiéndose a Espoleto, y he aquí que de noche oyó al Señor que le hablaba familiarmente: «Francisco, ¿quién piensas podrá beneficiarte más: el señor o el siervo, el rico o el pobre?» A lo que contestó Francisco que, sin duda, el señor y el rico. Prosiguió la voz del Señor: «¿Por qué entonces abandonas al Señor por el siervo y por un pobre hombre dejas a un Dios rico?» Contestó Francisco: «¿Qué quieres, Señor, que haga?» Y el Señor le dijo: «Vuélvete a tu tierra, porque la visión que has tenido es figura de una realidad espiritual que se ha de cumplir en ti no por humana, sino por divina disposición».
Al despuntar el nuevo día, lleno de seguridad y gozo, vuelve apresuradamente a Asís, y, convertido ya en modelo de obediencia, espera que el Señor le descubra su voluntad. Desentendiéndose desde entonces de la vida agitada del comercio, suplicaba devotamente a la divina clemencia se dignara manifestarle lo que debía hacer. 

4. La oración ante el Crucifijo de San Damián (LM 2,1)
Mientras Francisco tanteaba fervorosamente la voluntad de Dios, cierto día, cuando cabalgaba por la llanura que se extiende junto a la ciudad de Asís, inopinadamente se encontró con un leproso, cuya vista le provocó un intenso estremecimiento de horror. Pero, trayendo a la memoria el propósito de perfección que había hecho y recordando que para ser caballero de Cristo debía, ante todo, vencerse a sí mismo, se apeó del caballo y corrió a besar al leproso. Desde entonces buscaba la soledad y se dedicaba por completo a la oración. Se revistió del espíritu de pobreza, del sentimiento de la humildad y del afecto de una tierna compasión hacia los leprosos, los mendigos, los sacerdotes pobres y cuantos sufrieran.

Más como quiera que Francisco no tenía en su vida más maestro que Cristo, plugo a la divina clemencia colmarlo de nuevos favores visitándole con la dulzura de su gracia. Prueba de ello es el siguiente hecho.
Salió un día Francisco al campo a meditar, y al pasear junto a la iglesia de San Damián, cuya vetusta fábrica amenazaba ruina, entró en ella, movido por el Espíritu, a hacer oración; y mientras oraba postrado ante la imagen del Crucificado, de pronto se sintió inundado de una gran consolación espiritual. Fijó sus ojos, arrasados en lágrimas, en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una voz procedente de la misma cruz que le dijo tres veces: «¡Francisco, vete y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!» Quedó estremecido Francisco, pues estaba solo en la iglesia, al percibir voz tan maravillosa, y, sintiendo en su corazón el poder de la palabra divina, fue arrebatado en éxtasis. Vuelto en sí, se dispone a obedecer, y concentra todo su esfuerzo en la decisión de reparar materialmente la iglesia, aunque la voz divina se refería principalmente a la reparación de la Iglesia que Cristo adquirió con su sangre.
Así, pues, se levantó, armándose con la señal de la cruz, tomó consigo diversos paños dispuestos para la venta y se dirigió apresuradamente a la ciudad de Foligno, y allí lo vendió todo, incluso el caballo en que montaba. Tomando su precio, vuelve a la ciudad de Asís y se dirige a la iglesia, cuya reparación se le había ordenado. Entró devotamente en su recinto, y, encontrando allí a un pobrecillo sacerdote, tras rendirle cortés reverencia, le ofreció el dinero obtenido a fin de que lo destinara para la reparación de la iglesia y el alivio de los pobres. Luego le pidió humildemente que le permitiera convivir por algún tiempo en su compañía. Accedió el sacerdote al deseo de Francisco de morar en su casa, pero rechazó el dinero por temor a los padres. Entonces el Santo lo arrojó sin más a una ventana. 

5. La renuncia a los bienes (LM 2,4)
Cuando el padre de Francisco se enteró de lo que había hecho su hijo, corrió, todo enfurecido, a San Damián. Francisco, al oír los gritos y amenazas, se escondió en una cueva. Unos días más tarde se reprochó su cobardía, abandonó el escondite y marchó a la ciudad de Asís. Sus conciudadanos, al verlo en el extraño talante que presentaba, lo tomaron por loco. Tan pronto como el padre oyó el clamor del gentío, acudió presuroso y sin conmiseración lo arrastró a casa, lo azotó y lo encerró encadenado. En medio de tanta adversidad, Francisco, lleno de profunda alegría, daba gracias a Dios y se sentía más dispuesto y valiente para llevar a cabo lo que había emprendido. No mucho después se vio precisado el padre a ausentarse de Asís, y la madre libró al hijo de la prisión, dejándole partir. Francisco retornó al lugar en que había morado antes.
Pero volvió el padre, y, al no encontrar en casa a su hijo, corrió bramando al lugar indicado para conseguir, si no podía apartarlo de su propósito, al menos alejarlo de la provincia. Francisco, confortado por Dios, salió espontáneamente al encuentro de su enfurecido padre y le manifestó que estaba dispuesto a sufrir con alegría cualquier mal por el nombre de Cristo. Viendo el padre que le era del todo imposible cambiarle de su intento, dirigió sus esfuerzos a recuperar el dinero. Y, habiéndolo encontrado, por fin, en el nicho de una pequeña ventana, se apaciguó un tanto su furor. 

Intentaba después el padre llevar al hijo ante la presencia del obispo de la ciudad, para que en sus manos renunciara a los derechos de la herencia paterna y le devolviera todo lo que tenía. Se manifestó muy dispuesto a ello Francisco y, llegando a la presencia del obispo, no se detiene ni vacila por nada, no espera órdenes ni profiere palabra alguna, sino que inmediatamente se despoja de todos sus vestidos y se los devuelve al padre. Además, ebrio de un maravilloso fervor de espíritu, se quita hasta los calzones y se presenta ante todos totalmente desnudo, diciendo al mismo tiempo a su padre: «Hasta el presente te he llamado padre en la tierra, pero de aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza».
Al contemplar esta escena el obispo, admirado del extraordinario fervor del siervo de Dios, se levantó al instante y llorando lo acogió entre sus brazos y lo cubrió con el manto que él mismo vestía. Ordenó luego a los suyos que le proporcionaran alguna ropa para cubrir los miembros de aquel cuerpo. En seguida le presentaron un manto corto, pobre y vil, perteneciente a un labriego que estaba al servicio del obispo. Francisco lo aceptó muy agradecido.
Después, desembarazado ya de la atracción de los deseos mundanos, deja Francisco la ciudad de Asís y se retira a la soledad para escuchar solo y en silencio la voz misteriosa del cielo.

6. El sueño de Inocencio III (LM 3,10)
Asentado ya Francisco en la humildad de Cristo, trae a la memoria la orden que se le dio desde el Crucifijo de reparar la iglesia de San Damián, y, como verdadero obediente, vuelve a Asís, dispuesto a someterse a la voz divina, al menos mendigando lo necesario para dicha restauración, a la que siguió la de otra iglesia, dedicada a San Pedro, y la de Santa María de la Porciúncula.
No tardaron en unirse a Francisco muchos compañeros. El primero fue Bernardo de Quitaval, al que siguieron Pedro Cattani, Gil, Silvestre y otros. Viendo el siervo de Cristo que poco a poco iba creciendo el número de los hermanos, escribió con palabras sencillas una pequeña forma de vida o regla, en la que puso como fundamento inquebrantable la observancia del santo Evangelio, e insertó otras pocas cosas que parecían necesarias para un modo uniforme de vida. Deseando, empero, que su escrito obtuviera la aprobación del sumo pontífice, decidió presentarse con aquel grupo de hombres sencillos ante la Sede Apostólica, confiando únicamente en la protección divina.
En Roma encontraron al obispo de Asís, Guido, quien, enterado de lo que se proponían conseguir, se alegró mucho, y empeñó su palabra de ayudarles con sus consejos y recursos. El obispo había hablado ya al cardenal Juan de San Pablo, hombre importante en la curia papal, de la vida del bienaventurado Francisco y de sus hermanos, y estas noticias habían hecho nacer en el cardenal el deseo de ver al varón de Dios y a algunos de sus hermanos. Así que, cuando se enteró de que estaban en Roma, los hizo llamar, los hospedó en su casa y, edificado de sus palabras y ejemplos, los recomendó ante el papa.
Cuando fueron introducidos a la presencia del sumo pontífice, Francisco le expuso su objetivo, pidiéndole humilde y encarecidamente le aprobara la sobredicha forma de vida. Al observar Inocencio III la admirable pureza y simplicidad de alma del varón de Dios, el decidido propósito y el encendido fervor de su santa voluntad, se sintió inclinado a acceder piadosamente a sus peticiones. Con todo, difirió dar cumplimiento a la súplica del pobrecillo de Cristo, dado que a algunos de los cardenales les parecía una cosa nueva y tan ardua, que sobrepujaba las fuerzas humanas. Intervino el cardenal Juan de San Pablo advirtiéndoles: «Si rechazamos la demanda de este pobre que no pide sino la confirmación de la forma de vida evangélica, guardémonos de inferir con ello una injuria al mismo Evangelio de Cristo». Al oír tales consideraciones, volvióse al pobre de Cristo el sucesor del apóstol Pedro y le dijo: «Ruega, hijo, a Cristo que por tu medio nos manifieste su voluntad, a fin de que, conocida más claramente, podamos acceder con mayor seguridad a tus piadosos deseos».

Se retiraron de la presencia papal Francisco y los suyos, y el Santo, entregado a la oración, llegó al conocimiento de lo que debía decirle al papa. Y en efecto, cuando se presentaron de nuevo al sumo pontífice, Francisco le narró la parábola de un rey rico que se complació en casarse con una mujer hermosa pero pobre, de la que tuvo muchos hijos, añadiendo su interpretación: «No hay por qué temer que perezcan de hambre los hijos y herederos del Rey eterno...». Escuchó con gran atención el Vicario de Cristo esta parábola y su interpretación, quedando profundamente admirado; y reconoció que, sin duda alguna, Cristo había hablado por boca de aquel hombre. 
Además les manifestó el papa Inocencio una visión celestial que había tenido esos mismos días, asegurando que habría de cumplirse en Francisco. En efecto, refirió haber visto en sueños cómo estaba a punto de derrumbarse la basílica lateranense y que un hombre pobrecito, de pequeña estatura y de aspecto despreciable, la sostenía arrimando sus hombros a fin de que no viniese a tierra. Y exclamó: «Éste es, en verdad, el hombre que con sus obras y su doctrina sostendrá a la Iglesia de Cristo».

7. La aprobación de la Regla por Inocencio III (LM 3,10)
Inocencio III había quedado impresionado por las palabras del Cardenal Juan de San Pablo en favor del proyecto de Francisco: «Si rechazamos la demanda de este pobre como cosa del todo nueva y en extremo ardua, siendo así que no pide sino la confirmación de la forma de vida evangélica, guardémonos de inferir con ello una injuria al mismo Evangelio de Cristo. Pues si alguno llegare a afirmar que dentro de la observancia de la perfección evangélica o en el deseo de la misma se contiene algo nuevo, irracional o imposible de cumplir, sería convicto de blasfemo contra Cristo, autor del Evangelio». Luego, quedó admirado el pontífice al oír de boca de Francisco la interpretación de la parábola antes referida de los hijos del rey y de la mujer pobre: «No hay por qué temer que perezcan de hambre los hijos y herederos del Rey eterno, los cuales -nacidos, por virtud del Espíritu Santo, de una madre pobre, a imagen de Cristo Rey- han de ser engendrados en una religión pobrecilla por el espíritu de la pobreza. Pues si el Rey de los cielos promete a sus seguidores el reino eterno, ¿con cuánta más razón les suministrará todo aquello que comúnmente concede a buenos y malos?» Finalmente, al reconocer en Francisco al hombre que sostenía la basílica ruinosa, el papa quedó convencido de que allí estaba la mano de Dios.
Por eso, lleno de singular devoción, Inocencio accedió en todo a la petición del siervo de Cristo, y desde entonces le profesó siempre un afecto especial. De modo que le otorgó todo lo que le había pedido y le prometió que le concedería todavía mucho más. Aprobó la Regla, concedió al siervo de Dios y a todos los hermanos laicos que le acompañaban la facultad de predicar la penitencia y ordenó que se les hiciera la tonsura para que libremente pudieran predicar la palabra de Dios.
El aprobar oralmente una regla, como hizo Inocencio en esta ocasión, no significaba entonces una especie de simple tolerancia. Venía a ser una verdadera aprobación, gracias a la cual no afectó después a los hermanos menores la prohibición de que se redactaran nuevas reglas monásticas, dictada por el concilio IV de Letrán en 1215, prohibición que sí afectó, por ejemplo, a la Orden de Santo Domingo. Por otra parte, la tonsura de los hermanos los constituía clérigos, sustrayéndolos a la jurisdicción de los príncipes y poniéndolos bajo la tutela de la Iglesia.  

8. La visión del carro de fuego (LM 4,4)
Obtenida la aprobación de la Regla, emprendió Francisco con gran confianza el viaje de retorno hacia el valle de Espoleto, dispuesto ya a practicar y enseñar el Evangelio de Cristo. Durante el camino iba conversando con sus compañeros sobre el modo de observar fielmente la Regla recibida, sobre la manera de proceder ante Dios en toda santidad y justicia y cómo podrían ser de provecho para sí mismos y servir de ejemplo a los demás.
Ya en el valle de Espoleto, se pusieron a deliberar sobre la cuestión de si debían vivir en medio de la gente o más bien retirarse a lugares solitarios. Francisco acudió a la oración e iluminado por Dios llegó a comprender que él había sido enviado por el Señor a fin de que ganase para Cristo las almas que el diablo se esforzaba en arrebatarle. Por eso prefirió vivir para bien de todos los demás antes que para sí solo, estimulado por el ejemplo de Aquel que se dignó morir él solo por todos.
En consecuencia, se recogió con sus compañeros en un tugurio abandonado, Rivo Torto, cerca de la ciudad de Asís. Allí se mantenían al dictado de la santa pobreza y se entregaban de continuo a las preces divinas. Los hermanos suplicaron a Francisco que les enseñase a orar, y él les dijo: «Cuando oréis decid: "Padre nuestro", y también: "Te adoramos, Cristo, en todas las iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo"». Les enseñaba, además, a alabar a Dios en y por todas las criaturas, a honrar con especial reverencia a los sacerdotes, a creer firmemente y confesar con sencillez las verdades de la fe tal y como sostiene y enseña la santa Iglesia romana.

Mientras moraban los hermanos en el referido lugar, un día de sábado se fue el santo varón a Asís para predicar, según su costumbre, el domingo por la mañana en la iglesia catedral. Pernoctaba, como otras veces, entregado a la oración, en un tugurio sito en el huerto de los canónigos.
A eso de media noche, sucedió de pronto que, estando Francisco corporalmente ausente de sus hijos, algunos de los cuales descansaban y otros perseveraban en oración, penetró por la puerta de la casucha de los hermanos un carro de fuego de admirable resplandor que dio tres vueltas a lo largo de la estancia; sobre el mismo carro se alzaba un globo luminoso, que, ostentando el aspecto del sol, iluminaba la oscuridad de la noche.
Quedaron atónitos los que estaban en vela, se despertaron llenos de terror los dormidos, y todos comprendieron que había sido el mismo Santo, ausente en el cuerpo, pero presente en el espíritu y transfigurado en aquella imagen, el que les había sido mostrado por el Señor en el luminoso carro de fuego para que, como verdaderos israelitas, caminasen tras las huellas de aquel que, cual otro Elías, había sido constituido por Dios en carro y auriga de varones espirituales. Se puede creer que el Señor, por las plegarias de Francisco, abrió los ojos de estos hombres sencillos para que pudieran contemplar las maravillas de Dios. Los hermanos por su parte reconocieron que realmente descansaba el Espíritu del Señor en su siervo Francisco con tal plenitud, que podían sentirse del todo seguros siguiendo su doctrina y ejemplos de vida. Después de esto, Francisco condujo a sus hermanos a Santa María de la Porciúncula. 

9. La visión de los tronos celestes (LM 6,6)
Desde Santa María de la Porciúncula, Francisco recorría las ciudades y aldeas anunciando el reino de Dios. Numerosas personas, inflamadas por el fuego de su predicación, se convertían al Señor. Muchas doncellas, entre las cuales destaca Clara, se consagraban a Dios en perpetuo celibato. Asimismo, hombres de toda clase y condición renunciaban a las vanidades del mundo y se alistaban para seguir las huellas de Francisco, aumentando prodigiosamente el número de los hermanos. Al mismo tiempo, crecían en santidad estos seguidores de Cristo y el olor de su fama se difundida por el mundo entero.
Francisco a su vez se había ido convirtiendo en un espejo y preclaro ejemplo de toda virtud. Los hermanos y las gentes lo consideraban ya santo. Él, en cambio, se reputaba un pecador, y sobre la base de la humildad trataba de levantar el edificio de su propia perfección. Solía decir que el hecho de descender el Hijo de Dios desde la altura del seno del Padre hasta la bajeza de la condición humana tenía la finalidad de enseñarnos la virtud de la humildad. Muchas veces, cuando la gente enaltecía los méritos de su santidad, Francisco ordenaba a algún hermano que repitiese insistentemente a sus oídos palabras de vilipendio en contra de las voces de alabanza.
Y como quiera que, tanto en sí como en todos sus súbditos, prefería Francisco la humildad a los honores, Dios, que ama a los humildes, lo juzgaba digno de los puestos más encumbrados, según le fue revelado en una visión celestial a un hermano, Fray Pacífico, varón de notable virtud y devoción. Iba dicho hermano acompañando al Santo, y, al orar con él muy fervorosamente en una iglesia abandonada de Bovara, fue arrebatado en éxtasis, y vio en el cielo muchos tronos, y entre ellos uno más relevante, adornado con piedras preciosas y todo resplandeciente de gloria. Admirado de tal esplendor, comenzó a averiguar con ansiosa curiosidad a quién correspondería ocupar dicho trono. En esto oyó una voz que le decía: «Este trono perteneció a uno de los ángeles caídos, y ahora está reservado para el humilde Francisco».
Vuelto en sí de aquel éxtasis, siguió acompañando, como de costumbre, al Santo, que había salido ya afuera. Prosiguieron el camino, hablando entre sí de cosas de Dios; y aquel hermano, que no estaba olvidado de la visión tenida, preguntó disimuladamente al Santo qué es lo que pensaba de sí mismo. El humilde siervo de Cristo le hizo esta manifestación: «Me considero como el mayor de los pecadores». Y como el hermano le replicase que en buena conciencia no podía decir ni sentir tal cosa, añadió el Santo: «Si Cristo hubiera usado con el criminal más desalmado la misericordia que ha tenido conmigo, estoy seguro que éste le sería mucho más agradecido que yo».
Al escuchar una respuesta de tan admirable humildad, aquel hermano se confirmó en la verdad de la visión que se le había mostrado y comprendió lo que dice el santo Evangelio: que el verdadero humilde será enaltecido a una gloria sublime, de la que es arrojado el soberbio.

10. La expulsión de los demonios de Arezzo (LM 6,9)
Francisco, hombre evangélico, pacífico y pacificador, al comienzo de todas sus predicaciones saludaba al pueblo anunciándole la paz con estas palabras: «¡El Señor os dé la paz!» Tal saludo lo aprendió por revelación divina, como él mismo lo confesó más tarde en su Testamento. De ahí que, según la palabra profética de Isaías y movido en su persona del espíritu de los profetas, anunciaba la paz, predicaba la salvación y con saludables exhortaciones reconciliaba en una paz verdadera a quienes, siendo contrarios a Cristo, habían vivido antes lejos de la salvación.

Y así sucedió que en cierta ocasión llegó Francisco a Arezzo cuando toda la ciudad se hallaba agitada por unas luchas internas tan espantosas, que amenazaban hundirla en una próxima ruina. Alojado en el suburbio, vio sobre la ciudad unos demonios que daban brincos de alegría y azuzaban los ánimos perturbados de los ciudadanos para lanzarse a matar unos a otros. Con el fin de ahuyentar aquellas insidiosas potestades aéreas, envió delante de sí, como mensajero, al hermano Silvestre, varón de colombina simplicidad, diciéndole: «Marcha a las puertas de la ciudad y, de parte de Dios omnipotente, manda a los demonios, por santa obediencia, que salgan inmediatamente de allí».
Se apresuró el hermano Silvestre a cumplir las órdenes del Padre, y, prorrumpiendo en alabanzas ante la presencia del Señor, llegó a la puerta de la ciudad y se puso a gritar con voz potente: «¡De parte de Dios omnipotente y por mandato de su siervo Francisco, marchaos lejos de aquí, demonios todos!»
Al punto quedó apaciguada la ciudad, y sus habitantes, en medio de una gran serenidad, volvieron a respetarse mutuamente en sus derechos cívicos. Expulsada, pues, la furiosa soberbia de los demonios, que tenían como asediada la ciudad, por intervención de la sabiduría de un pobre, es decir, de la humildad de Francisco, tornó la paz y se salvó la ciudad.  

11. La prueba del fuego ante el Sultán (LM 9,8)
El ardor de su caridad apremiaba a Francisco insistentemente a la búsqueda del martirio. Por eso, tras dos tentativas frustradas, intentó aún por tercera vez marchar a tierra de infieles para propagar, con la efusión de su sangre, la fe en la Trinidad.
Así es que en junio de 1219 partió para Siria, exponiéndose a muchos y continuos peligros en su intento de llegar hasta la presencia del sultán de Egipto. Se había entablado entonces entre cristianos y sarracenos una guerra tan implacable, que, estando enfrentados ambos ejércitos en Damieta, no se podía pasar de una parte a otra sin exponerse a peligro de muerte. Pero el intrépido caballero de Cristo, Francisco, con la esperanza de ver cumplido muy pronto su proyecto de martirio, se decidió a emprender la marcha sin atemorizarse por la idea de la muerte.
Acompañado, pues, de un hermano llamado Iluminado se puso en camino, y de pronto se encontraron con los guardias sarracenos, que se precipitaron sobre ellos como lobos sobre ovejas y los trataron con crueldad. Después los llevaron a la presencia del sultán, según lo deseaba el varón de Dios. Entonces el jefe les preguntó quién los había enviado, cuál era su objetivo, con qué credenciales venían y cómo habían podido llegar hasta allí; y el siervo de Cristo Francisco le respondió con intrepidez que había sido enviado no por hombre alguno, sino por el mismo Dios altísimo, para mostrar a él y a su pueblo el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad. Y predicó ante dicho sultán sobre Dios trino y uno y sobre Jesucristo salvador de todos los hombres con gran convicción.
De hecho, observando el sultán el admirable fervor y virtud del hombre de Dios, lo escuchó con gusto y lo invitó insistentemente a permanecer consigo. Pero el siervo de Cristo, inspirado de lo alto, le respondió: «Si os resolvéis a convertiros a Cristo tú y tu pueblo, muy gustoso permaneceré por su amor en vuestra compañía. Más, si dudas en abandonar la ley de Mahoma a cambio de la fe de Cristo, manda encender una gran hoguera, y yo entraré en ella junto con tus sacerdotes, para que así conozcas cuál de las dos creencias ha de ser tenida, sin duda, como más segura y santa». Respondió el sultán: «No creo que entre mis sacerdotes haya alguno que por defender su fe quiera exponerse a la prueba del fuego, ni que esté dispuesto a sufrir cualquier otro tormento». Había observado, en efecto, que uno de sus sacerdotes, hombre íntegro y avanzado en edad, tan pronto como oyó hablar del asunto, desapareció de su presencia. Entonces, el Santo le hizo esta proposición: «Si en tu nombre y en el de tu pueblo me quieres prometer que os convertiréis al culto de Cristo si salgo ileso del fuego, entraré yo solo a la hoguera. Si el fuego me consume, impútese a mis pecados; pero, si me protege el poder divino, reconoceréis a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, verdadero Dios y Señor, salvador de todos los hombres». 

El sultán respondió que no se atrevía a aceptar dicha opción, porque temía una sublevación del pueblo. Con todo, le ofreció muchos y valiosos regalos, que el varón de Dios rechazó cual si fueran lodo.
Viendo el sultán en este santo varón un despreciador tan perfecto de los bienes de la tierra, se admiró mucho de ello y se sintió atraído hacia él con mayor devoción y afecto. Y, aunque no quiso, o quizás no se atrevió a convertirse a la fe cristiana, sin embargo, rogó devotamente al siervo de Cristo que se dignara aceptar aquellos presentes y distribuirlos, por su salvación, entre cristianos pobres o iglesias. Pero Francisco, que rehuía todo peso de dinero y percatándose, por otra parte, que el sultán no se fundaba en una verdadera piedad, rehusó en absoluto condescender con su deseo.
Al ver Francisco que nada progresaba en la conversión de aquella gente y sintiéndose defraudado en la realización de su objetivo del martirio, avisado por inspiración de lo alto, retornó a los países cristianos.

12. El éxtasis de San Francisco (LM 10,4)
Francisco se sentía en su cuerpo como un peregrino alejado del Señor y se esforzaba, orando sin intermisión, por mantener siempre su espíritu unido a Dios. Ciertamente, la oración era para este hombre contemplativo un verdadero solaz, mientras, convertido ya en conciudadano de los ángeles dentro de las mansiones celestiales, buscaba con ardiente anhelo a su Amado, de quien solamente le separaba el muro de la carne. Era también la oración para este hombre dinámico un refugio, pues, desconfiando de sí mismo y fiado de la bondad divina, en medio de toda su actividad descargaba en el Señor, por el ejercicio continuo de la oración, todos sus afanes.

Afirmaba rotundamente que el religioso debe desear, por encima de todas las cosas, la gracia de la oración; y, convencido de que sin la oración nadie puede progresar en el servicio divino, exhortaba a los hermanos, con todos los medios posibles, a que se dedicaran a su ejercicio. Y en cuanto a él se refiere, cabe decir que ora caminase o estuviese sentado, lo mismo en casa que afuera, ya trabajase o descansase, de tal modo estaba entregado a la oración, que parecía consagrar a la misma no sólo su corazón y su cuerpo, sino hasta toda su actividad y todo su tiempo.
No dejaba pasar por alto ninguna visita del Espíritu. Cuando, estando en camino, sentía algún soplo del Espíritu divino, se detenía al punto dejando pasar adelante a sus compañeros. Muchas veces se sumergía en el éxtasis de la contemplación de tal modo, que, arrebatado fuera de sí y percibiendo algo más allá de los sentidos humanos, no se daba cuenta de lo que acontecía al exterior en torno suyo.
Y como había aprendido en la oración que el Espíritu Santo hace sentir tanto más íntimamente su dulce presencia a los que oran cuanto más alejados los ve del mundanal ruido, por eso buscaba lugares apartados y se dirigía a la soledad de los bosques y de las montañas o a las iglesias abandonadas para dedicarse de noche a la oración. Allí sostenía frecuentes y horribles luchas con los demonios, que se esforzaban por perturbarlo en el ejercicio de la oración. Él empero, cuanto más duramente le asaltaban los enemigos, tanto más fuerte se hacía en la virtud y más fervoroso en la oración diciendo confiadamente a Cristo: «A la sombra de tus alas escóndeme de los malvados que me asaltan». Y así hasta que los demonios, no pudiendo soportar semejante constancia de ánimo, se retiraban llenos de confusión.
Cuando el varón de Dios quedaba solo y sosegado, llenaba de gemidos los bosques, bañaba la tierra de lágrimas, se golpeaba con la mano el pecho, y, como quien ha encontrado un santuario íntimo, conversaba con su Señor. Allí respondía al Juez, allí suplicaba al Padre, allí hablaba con el Amigo, allí también fue oído algunas veces por sus hermanos, que con piadosa curiosidad lo observaban, interpelar con grandes gemidos a la divina clemencia en favor de los pecadores, y llorar en alta voz la pasión del Señor como si la estuviera presenciando con sus propios ojos.
Allí lo vieron orar de noche, con los brazos extendidos en forma de cruz, mientras todo su cuerpo se elevaba sobre la tierra y quedaba envuelto en una nubecilla luminosa, como si el admirable resplandor que rodeaba su cuerpo fuera una prueba de la maravillosa luz de que estaba iluminada su alma. 

13. El belén de Greccio (LM 10,7)
Tres años antes de su muerte, o sea, en 1223, se dispuso Francisco a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles.
Más para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno.
Son convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne.
El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo, transido de ternura y amor, lo llama «Niño de Bethlehem».

Todo esto lo presenció un caballero virtuoso y amante de la verdad: el señor Juan de Greccio, quien por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño.
Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron. Porque el ejemplo de Francisco, contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo eficaz para alejar otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su santa oración.

14. El milagro de la fuente (LM 7,12)
En cierta ocasión quiso Francisco trasladarse al eremitorio del monte Alverna para dedicarse allí más libremente a la contemplación; pero, como ya estaba muy débil, se hizo llevar en el asnillo de un pobre campesino. Era un día caluroso de verano. El hombre subía a la montaña siguiendo al siervo de Cristo, y, cansado por la áspera y larga caminata, se sintió desfallecer por una sed abrasadora. En esto comenzó a gritar insistentemente detrás del Santo: «¡Eh, que me muero de sed, me muero si inmediatamente no tomo para refrigerio algo de beber!»

Sin tardanza, se apeó del jumentillo el hombre de Dios, e, hincadas las rodillas en tierra y alzadas las manos al cielo, no cesó de orar hasta que comprendió haber sido escuchado. Acabada la oración, dijo al hombre: «Corre a aquella roca y encontrarás allí agua viva, que Cristo en este momento ha sacado misericordiosamente de la piedra para que bebas».
¡Estupenda dignación de Dios, que condesciende tan fácilmente con los deseos de sus siervos! Bebió el hombre sediento del agua brotada de la piedra en virtud de la oración del Santo y extrajo el líquido de una roca durísima. No hubo allí antes ninguna corriente de agua; ni, por más diligencias que se han hecho, se ha podido encontrar posteriormente. 

15. La predicación a las aves (LM 12,3)
Asaltó a Francisco una angustiosa duda, que le atormentaba en gran manera y muchos días, sobre si debía entregarse del todo al ejercicio de la oración o, más bien, ir a predicar por el mundo. Veía las muchas ventajas de la oración, para la que creía haber recibido una mayor gracia que para la palabra. Pero veía también que el Hijo unigénito de Dios descendió del seno del Padre para amaestrar al mundo con su ejemplo y predicar el mensaje de salvación a los hombres. Y, por más que durante muchos días anduvo dando vueltas al asunto con sus hermanos, Francisco no acertaba a ver con toda claridad cuál de las dos alternativas debería elegir como más acepta a Cristo.
Así, pues, llamó a dos de sus compañeros y los envió al hermano Silvestre y a la santa virgen Clara, encareciéndoles que averiguasen la voluntad del Señor sobre el particular. Tanto el venerable sacerdote como la virgen consagrada a Dios coincidieron de modo admirable en lo mismo, a saber, que era voluntad divina que el heraldo de Cristo saliese afuera a predicar.

Tan pronto como volvieron los hermanos y le comunicaron a Francisco la voluntad del Señor, se levantó en seguida, se ciñó y sin ninguna demora emprendió la marcha.
Acercándose a Bevagna, llegó a un lugar donde se había reunido una gran multitud de aves de toda especie. Al verlas el santo de Dios, corrió presuroso a aquel sitio y saludó a las aves como si estuvieran dotadas de razón. Todas se le quedaron en actitud expectante, con los ojos fijos en él, de modo que las que se habían posado sobre los árboles, inclinando sus cabecitas, lo miraban de un modo insólito al verlo aproximarse hacia ellas. Y, dirigiéndose a las aves, las exhortó encarecidamente a escuchar la palabra de Dios, y les dijo: «Mis hermanas avecillas, mucho debéis alabar a vuestro Creador, que os ha revestido de plumas y os ha dado alas para volar, os ha otorgado el aire puro y os sustenta y gobierna, sin preocupación alguna de vuestra parte».
Mientras les decía estas cosas y otras parecidas, las avecillas, gesticulando de modo admirable, comenzaron a alargar sus cuellecitos, a extender las alas, a abrir los picos y mirarle fijamente. Entre tanto, el varón de Dios, paseándose en medio de ellas con admirable fervor de espíritu, las tocaba suavemente con la fimbria de su túnica, sin que por ello ninguna se moviera de su lugar, hasta que, hecha la señal de la cruz y concedida su licencia y bendición, remontaron todas a un mismo tiempo el vuelo.
Todo esto lo contemplaron los compañeros que estaban esperando en el camino. Vuelto a ellos el varón simple y puro, comenzó a inculparse de negligencia por no haber predicado hasta entonces a las aves.

16. La muerte del caballero de Celano (LM 11,4)
El incesante ejercicio de la oración, unido a la continua práctica de la virtud, había conducido al varón de Dios a tal limpidez y serenidad de mente, que llegaba a sondear, con admirable agudeza de entendimiento, las profundidades de la Sagrada Escritura. Brilló también en Francisco el espíritu de profecía en tal grado, que preveía las cosas futuras y descubría los secretos de los corazones; veía, asimismo, las cosas ausentes como si estuvieran presentes y se aparecía maravillosamente a los que estaban lejos.

En cierta ocasión, después de haber regresado, en la primavera de 1220, de su viaje a Siria y Egipto, llegó a Celano a predicar; y allí un devoto caballero le invitó insistentemente a quedarse a comer con él. Vino, pues, a su casa, y toda la familia se llenó de gozo a la llegada de los pobres huéspedes. Pero, antes de ponerse a comer, San Francisco, siguiendo su costumbre, se detuvo un poco con los ojos elevados al cielo, dirigiendo a Dios súplicas y alabanzas. Al concluir la oración llamó aparte en confianza al bondadoso señor que lo había hospedado y le habló así: «Mira, hermano huésped; vencido por tus súplicas, he entrado en tu casa para comer. Ahora, pues, escucha y sigue con presteza mis consejos, porque no es aquí, sino en otro lugar, donde vas a comer hoy. Confiesa en seguida tus pecados con espíritu de sincero arrepentimiento y que en tu conciencia no quede nada que haya de manifestarse en una buena confesión. Hoy mismo te recompensará el Señor la obra de haber acogido con tanta devoción a sus pobres».
Aquel señor puso inmediatamente en práctica los consejos del Santo: hizo con el compañero de éste una sincera confesión de todos sus pecados, puso en orden todas sus cosas y se preparó como mejor pudo a recibir la muerte. Finalmente, se sentaron todos a la mesa. Apenas habían comenzado los otros a comer, cuando el dueño de la casa, con una muerte repentina, exhaló su espíritu, según le había anunciado el varón de Dios.
Así, la misericordiosa hospitalidad obtuvo su premio merecido, verificándose la palabra de la Verdad: «Quien recibe a un profeta tendrá paga de profeta». En efecto, merced al anuncio profético del Santo, aquel piadoso caballero se previno contra una muerte imprevista, y, defendido con las armas de la penitencia, pudo evitar la condenación eterna y entrar en las eternas moradas. 

17. La predicación ante Honorio III (LM 12,7)
Francisco, después de consultar al hermano Silvestre y a Santa Clara, entendió que era voluntad de Dios que no se dedicara en exclusiva a la oración y contemplación, sino que fuera a predicar por el mundo. Y sin demora emprendió la marcha. Caminaba con tal fervor a cumplir el mandato divino y corría tan apresuradamente cual si hubiera sido revestido de una nueva fuerza celestial. Y como primero se convencía a sí mismo con las obras de lo que quería persuadir a los demás de palabra, sin que temiera reproche alguno, predicaba la verdad con plena seguridad. No sabía halagar los pecados de nadie, sino que los fustigaba; ni adular la vida de los pecadores, sino que la atacaba con ásperas reprensiones. Hablaba con la misma convicción a grandes que a pequeños y predicaba con idéntica alegría de espíritu a muchos que a pocos.
En verdad, asistían al siervo Francisco, adondequiera que se dirigiese, el espíritu del Señor, que le había ungido y enviado, y el mismo Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, para que abundase en palabras de sana doctrina y resplandeciera con milagros de gran poder.
Su palabra era como fuego ardiente que penetraba hasta lo más íntimo del ser y llenaba a todos de admiración, por cuanto no hacía alarde de ornatos de ingenio humano, sino que emitía el soplo de la inspiración divina.

Así sucedió una vez que debía predicar en presencia del papa Honorio III y de los cardenales por indicación del obispo ostiense, el cardenal Hugolino. Francisco aprendió de memoria un discurso cuidadosamente compuesto. Pero, cuando se puso en medio de ellos para dirigirles unas palabras de edificación, de tal modo se olvidó de cuanto llevaba aprendido, que no acertaba a decir palabra alguna. Confesó el Santo con verdadera humildad lo que le había sucedido, y, recogiéndose en su interior, invocó la gracia del Espíritu Santo. De pronto comenzó a hablar con afluencia de palabras tan eficaces y a mover a compunción con fuerza tan poderosa las almas de aquellos ilustres personajes, que se hizo patente que no era él el que hablaba, sino el Espíritu del Señor.

18. La aparición al Capítulo de Arlés (LM 4,10)
Con el correr del tiempo fue aumentando el número de los hermanos, y Francisco comenzó a convocarlos a capítulo general en Santa María de los Angeles con el fin de asignar a cada uno -según la medida de la distribución divina- la porción que la obediencia le señalara.
En lo que se refiere a los capítulos provinciales, como quiera que Francisco no podía asistir personalmente a ellos, procuraba estar presente en espíritu mediante el solícito cuidado y atención que prestaba al régimen de la Orden, con la insistencia de sus oraciones y la eficacia de su bendición, aunque alguna vez, por maravillosa intervención del poder de Dios, apareció en forma visible.

Así sucedió, en efecto, cuando en cierta ocasión el insigne predicador y hoy preclaro confesor de Cristo San Antonio predicaba a los hermanos en el capítulo de Arlés acerca del título de la cruz: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos». Un hermano de probada virtud llamado Monaldo miró -por inspiración divina- hacia la puerta de la sala del capítulo, y vio con sus ojos corporales al bienaventurado Francisco, que, elevado en el aire y con las manos extendidas en forma de cruz, bendecía a sus hermanos. Al mismo tiempo se sintieron todos inundados de un consuelo espiritual tan intenso e insólito, que por iluminación del Espíritu Santo tuvieron en su interior la certeza de que se trataba de una verdadera presencia del santo Padre. Más tarde se comprobó la verdad del hecho no sólo por los signos evidentes, sino también por el testimonio explícito del mismo Santo.
Se puede creer, sin duda, que la omnipotencia divina concediera a su siervo Francisco poder estar presente a la predicación de su veraz pregonero Antonio para aprobar la verdad de sus palabras, sobre todo en lo referente a la cruz de Cristo, cuyo portavoz y servidor era.

19. La impresión de las llagas (LM 13,3)
Era costumbre en Francisco no cesar nunca en la práctica del bien, antes, por el contrario, o subía hacia Dios o descendía hasta el prójimo. En efecto, había aprendido a distribuir tan prudentemente el tiempo puesto a su disposición, que parte de él lo empleaba en trabajosas ganancias en favor del prójimo y la otra parte la dedicaba a las tranquilas elevaciones de la contemplación. Por eso, después de haberse empeñado en procurar la salvación de los demás, abandonando el bullicio de las turbas, se dirigía a lo más recóndito de la soledad, a un sitio apacible, donde, entregado más libremente al Señor, pudiera sacudir el polvo que tal vez se le hubiera pegado en el trato con los hombres.
Así, dos años antes de entregar su espíritu a Dios, o sea, en 1224, y tras haber sobrellevado tantos trabajos y fatigas, fue conducido, bajo la guía de la divina Providencia, a un monte elevado y solitario llamado Alverna. Allí dio comienzo a la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del arcángel San Miguel, y de pronto se sintió recreado más abundantemente que de ordinario con la dulzura de la divina contemplación; e, inflamado en deseos más ardientes del cielo, comenzó a experimentar en sí un mayor cúmulo de dones y gracias divinas.
Conoció por divina inspiración que, abriendo el libro de los santos evangelios, le manifestaría Cristo lo que fuera más acepto a Dios en su persona y en todas sus cosas. Después de una prolongada y fervorosa oración, hizo que su compañero tomara del altar el libro sagrado de los evangelios y lo abriera tres veces en nombre de la santa Trinidad. Y como en la triple apertura apareciera siempre la pasión del Señor, comprendió el varón lleno de Dios que como había imitado a Cristo en las acciones de su vida, así también debía configurarse con Él en las aflicciones y dolores de la pasión antes de pasar de este mundo. Y aunque, por las muchas austeridades de su vida anterior y por haber llevado continuamente la cruz del Señor, estaba ya muy debilitado en su cuerpo, no se intimidó en absoluto, sino que se sintió aún más fuertemente animado para sufrir el martirio.
Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en Aquel que a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que se festeja el 14 de septiembre, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo.

Ante tal aparición quedó lleno de estupor el Santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.
Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín. Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu. Así sucedió, porque al desaparecer la visión dejó en su corazón un ardor maravilloso, y no fue menos maravillosa la efigie de las señales que imprimió en su carne.
Así, pues, al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, tal como lo había visto poco antes en la imagen del varón crucificado. Se veían las manos y los pies atravesados en la mitad por los clavos, de tal modo que las cabezas de los clavos estaban en la parte inferior de las manos y en la superior de los pies, mientras que las puntas de los mismos se hallaban al lado contrario. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras en las manos y en los pies; las puntas, formadas de la misma carne y sobresaliendo de ella, aparecían alargadas, retorcidas y como remachadas. Así, también el costado derecho, como si hubiera sido traspasado por una lanza, escondía una roja cicatriz, de la cual manaba frecuentemente sangre sagrada, empapando la túnica y los calzones.
Después que el verdadero amor de Cristo había transformado en su propia imagen a este amante suyo, terminado el plazo de cuarenta días que se había propuesto pasar en soledad y próxima ya la solemnidad del arcángel Miguel, que entonces se celebraba el 29 de septiembre, bajó del monte Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne.

20. La muerte de San Francisco (LM 14,6)
Clavado ya en cuerpo y alma a la cruz juntamente con Cristo, no pudiendo caminar a pie a causa de los clavos que sobresalían en la planta de sus pies, Francisco se hacía llevar su cuerpo medio muerto a través de las ciudades y aldeas para animar a todos a llevar la cruz de Cristo. Y, dirigiéndose a sus hermanos, les decía: «Comencemos, hermanos, a servir al Señor nuestro Dios, porque bien poco es lo que hasta ahora hemos progresado».
Probado con múltiples y dolorosas enfermedades durante los dos años que siguieron a la impresión de las sagradas llagas, el vigésimo año de su conversión Francisco pidió ser trasladado a Santa María de la Porciúncula para exhalar el último aliento de su vida allí donde había recibido el espíritu de gracia. Habiendo llegado a este lugar, con el fin de mostrar con un ejemplo de verdad que nada tenía él de común con el mundo, llevado del fervor de su espíritu, se postró totalmente desnudo sobre la desnuda tierra, para expresar el despojo de cuanto puede ser atadura a este mundo. Postrado así, elevó su rostro al cielo, cubrió con la mano izquierda la herida del costado derecho a fin de que no fuera vista, y, vuelto a sus hermanos, les dijo: «Por mi parte he cumplido lo que me incumbía; que Cristo os enseñe a vosotros lo que debéis hacer».
Lloraban los compañeros del Santo, y uno de ellos, a quien Francisco llamaba su guardián, conociendo los deseos del enfermo, corrió presuroso en busca de la túnica, la cuerda y los calzones, y, ofreciendo estas prendas al pobrecillo de Cristo, le dijo: «Te las presto como a pobre que eres y te mando por santa obediencia que las recibas». Se alegra de ello el santo varón y su corazón salta de júbilo al comprobar que hasta el fin ha guardado fidelidad a dama Pobreza. Quiso conformarse en todo con Cristo crucificado, que estuvo colgado en la cruz: pobre, doliente y desnudo. Por esto, al principio de su conversión permaneció desnudo ante el obispo, y, asimismo, al término de su vida quiso salir desnudo de este mundo.

Acercándose, por fin, el momento de su tránsito, hizo llamar a su presencia a todos los hermanos que estaban en el lugar y, tratando de suavizar con palabras de consuelo el dolor que pudieran sentir ante su muerte, los exhortó con paterno afecto al amor de Dios. Después se prolongó, hablándoles acerca de la guarda de la paciencia, de la pobreza y de la fidelidad a la santa Iglesia romana, insistiéndoles en anteponer la observancia del santo Evangelio a todas las otras normas.
Sentados a su alrededor todos los hermanos, extendió sobre ellos las manos, poniendo los brazos en forma de cruz, y bendijo tanto a los presentes como a los ausentes. Después mandó que se le trajera el libro de los evangelios y suplicó le fuera leído aquel pasaje del evangelio de San Juan que comienza así: «Antes de la fiesta de Pascua». A continuación entonó el salmo 141.
Cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado.
Uno de sus hermanos y discípulos, Jacobo de Asís, vio cómo aquella dichosa alma subía derecha al cielo en forma de una estrella muy refulgente, transportada por una blanca nubecilla sobre muchas aguas. Brillaba extraordinariamente, con la blancura de una sublime santidad, y aparecía colmada a raudales de sabiduría y gracia celestiales, por las que mereció el santo varón penetrar en la región de la luz y de la paz, donde descansa eternamente con Cristo. 

21. La aparición a fray Agustín y al obispo de Asís (LM 14,6)
San Francisco murió en la Porciúncula, al atardecer del sábado 3 de octubre de 1226, a la edad de 44 años. Su glorioso tránsito estuvo acompañado de no pocos prodigios, como la visión que tuvo en aquel momento Fray Jacobo de Asís, que vio cómo su alma bendita subía derecha al cielo transportada por una blanca nubecilla sobre muchas aguas.
Asimismo, el hermano Agustín, ministro a la sazón de los hermanos en la Tierra de Labor, varón santo y justo, que se encontraba a punto de morir y hacía ya tiempo que había perdido el habla, de pronto exclamó ante los hermanos que le oían: «¡Espérame, Padre, espérame, que ya voy contigo!» Pasmados los hermanos, le preguntaron con quién hablaba de forma tan animada; y él contestó: «Pero ¿no veis a nuestro padre Francisco que se dirige al cielo?» Y al momento aquella santa alma, saliendo de la carne, siguió al Padre santísimo.

El obispo de Asís, Guido, había ido por aquel tiempo en peregrinación al santuario de San Miguel, situado en el monte Gargano. Estando allí, se le apareció el bienaventurado Francisco la noche misma de su tránsito y le dijo: «Mira, dejo el mundo y me voy al cielo». Al levantarse a la mañana siguiente, el obispo refirió a los compañeros la visión que había tenido de noche, y vuelto a Asís comprobó con toda certeza, tras una cuidadosa investigación, que a la misma hora en que se le presentó la visión había volado de este mundo el bienaventurado Padre.
Las alondras, amantes de la luz y enemigas de las tinieblas crepusculares, a la hora misma del tránsito del santo varón, cuando al crepúsculo iba a seguirle ya la noche, llegaron en una gran bandada por encima del techo de la casa y, revoloteando largo rato con insólita manifestación de alegría, rendían un testimonio tan jubiloso como evidente de la gloria del Santo, que tantas veces las había solido invitar al canto de las alabanzas divinas.

22. La verificación de las llagas (LM 15,4)
Al emigrar de este mundo, el bienaventurado Francisco dejó impresas en su cuerpo las señales de la pasión de Cristo. Se veían en aquellos dichosos miembros unos clavos de su misma carne, fabricados maravillosamente por el poder divino y tan connaturales a ella, que, si se les presionaba por una parte, al momento sobresalían por la otra, como si fueran nervios duros y de una sola pieza. Apareció también muy visible en su cuerpo la llaga del costado, semejante a la del costado herido del Salvador. El aspecto de los clavos era negro, parecido al hierro; más la herida del costado era rojiza y formaba, por la contracción de la carne, una especie de círculo, presentándose a la vista como una rosa bellísima. El resto de su cuerpo, que antes, tanto por la enfermedad como por su modo natural de ser, era de color moreno, brillaba ahora con una blancura extraordinaria. Los miembros de su cuerpo se mostraban al tacto tan blando y flexible, que parecían haber vuelto a ser tiernos como los de la infancia.

Tan pronto como se tuvo noticia del tránsito del bienaventurado Padre y se divulgó la fama del milagro de la estigmatización, el pueblo en masa acudió en seguida al lugar para ver con sus propios ojos aquel portento, que disipara toda duda de sus mentes y colmara de gozo sus corazones afectados por el dolor. Muchos ciudadanos de Asís fueron admitidos para contemplar y besar las sagradas llagas.
Uno de ellos llamado Jerónimo, caballero culto y prudente además de famoso y célebre, como dudase de estas sagradas llagas, siendo incrédulo como Tomás, movió con mucho fervor y audacia los clavos y con sus propias manos tocó las manos, los pies y el costado del Santo en presencia de los hermanos y de otros ciudadanos; y resultó que, a medida que iba palpando aquellas señales auténticas de las llagas de Cristo, amputaba de su corazón y del corazón de todos la más leve herida de duda. Por lo cual desde entonces se convirtió, entre otros, en un testigo cualificado de esta verdad conocida con tanta certeza, y la confirmó bajo juramento poniendo las manos sobre los libros sagrados. 

23. El llanto de las clarisas (LM 15,5)
Los hijos de San Francisco, que fueron convocados para asistir al tránsito del Padre, a una con la gran masa de gente que acudió, consagraron aquella noche en que falleció el santo confesor de Cristo a la recitación de las alabanzas divinas, de tal suerte que aquello, más que exequias de difuntos, parecía una vigilia de ángeles.
Una vez que amaneció, la muchedumbre que había concurrido tomó ramos de árboles y gran profusión de velas encendidas y trasladó el sagrado cadáver a la ciudad de Asís entre himnos y cánticos.

Al pasar por la iglesia de San Damián, donde moraba enclaustrada, junto con otras vírgenes, aquella noble virgen Clara, se detuvieron allí un poco de tiempo y les presentaron a aquellas vírgenes consagradas el sagrado cuerpo, adornado con las llagas, para que lo vieran y lo besaran. Así se cumplió la promesa que había hecho Francisco a Clara de que, antes de morir ella, lo verían tanto ella como sus hermanas para consuelo suyo.
Llegados por fin, radiantes de júbilo, a la ciudad, depositaron con toda reverencia el precioso tesoro que llevaban en la iglesia de San Jorge. Éste era precisamente el lugar en que siendo niño aprendió las primeras letras Francisco y donde más tarde comenzó su predicación; aquí mismo, finalmente, encontró su primer lugar de descanso.
El bienaventurado Francisco pasó de este mundo al Padre el día 3 de octubre del año 1226 de la encarnación del Señor al atardecer del sábado, y fue sepultado al día siguiente, domingo.

24. La canonización de San Francisco (LM 15,7)
Muy pronto, después de su muerte, el bienaventurado varón comenzó a brillar con grandes y numerosos milagros. Así, aquella sublime santidad de Francisco, que mientras vivió en carne mortal se había hecho patente al mundo con ejemplos de una perfecta justicia, convirtiéndolo en guía de virtud, ahora que reinaba con Cristo venía corroborada por el cielo mediante los milagros que realizaba la omnipotencia divina para una absoluta confirmación de la fe.
Los gloriosos milagros que se realizaron en diversas partes del mundo y los abundantes beneficios obtenidos por intercesión de Francisco, encendían a muchos en el amor a Cristo y los movían a venerar al Santo, a quien aclamaban no sólo con el lenguaje de las palabras, sino también con el de las obras. De este modo, las maravillas que Dios realizaba mediante su siervo Francisco llegaron a oídos del mismo sumo pontífice Gregorio IX.
En verdad, el pastor de la Iglesia universal, antes cardenal Hugolino, conocía con plena fe y certeza la admirable santidad de Francisco, no sólo por los milagros de que había oído hablar después de su muerte, sino también por todas aquellas pruebas que en vida del Santo había visto con sus propios ojos y palpado con sus manos. Por esto, no abrigaba la menor duda de que hubiera sido ya glorificado por el Señor en el cielo. Así, pues, para proceder en conformidad con Cristo, cuyo vicario era, y guiado por su piadoso afecto a Francisco, se propuso hacerlo célebre en la tierra, como dignísimo que era de toda veneración.

Más para ofrecer al orbe entero la indubitable certeza de la glorificación de este varón santísimo, ordenó que los milagros ya conocidos, documentados por escrito y certificados por testigos fidedignos, los examinaran aquellos cardenales que parecían ser menos favorables a la causa.
Discutidos diligentemente dichos milagros y aprobados por todos, teniendo a su favor el unánime consejo y asentimiento de sus hermanos los cardenales y de todos los prelados que entonces se hallaban en la curia, el papa decretó la canonización. Para ello se trasladó personalmente a la ciudad de Asís, y el domingo día 16 de julio del año 1228 de la encarnación del Señor, en medio de unos solemnísimos actos, inscribió al bienaventurado Padre en el catálogo de los santos.
Más tarde, el día 25 de mayo del año del Señor de 1230, con la asistencia de los hermanos que se habían reunido en capítulo general celebrado en Asís, fue trasladado aquel cuerpo, que vivió consagrado al Señor, a la basílica construida en su honor.

25. La aparición a Gregorio IX (LM, Milagros 1,2)
A la hora de narrar los milagros obrados después de la muerte de Francisco y aprobados en el proceso de su canonización, parece obligado dar comienzo por los que se relacionan con aquel en que de modo particular se pone de relieve el poder de la cruz de Jesús y se renueva su gloria: nuestro Santo fue condecorado con las sagradas llagas de la pasión de Cristo y su cuerpo quedó marcado exteriormente con el signo de la cruz, impreso ya en su corazón desde el principio de su conversión.

A corroborar la firmeza indestructible de este estupendo milagro de las llagas y a alejar de la mente toda sombra de duda, no sólo contribuyen los testimonios, dignos de toda fe, de aquellos que las vieron y palparon, sino también las maravillosas apariciones y milagros que resplandecieron después de su muerte.
El señor papa Gregorio IX, de feliz memoria, a quien el varón santo había anunciado proféticamente, cuando aún era el cardenal Hugolino, que sería sublimado a la dignidad apostólica, antes de inscribir al portaestandarte de la cruz en el catálogo de los santos, llevaba en su corazón alguna duda respecto de la llaga del costado.
Pero una noche, según lo refería con lágrimas en los ojos el mismo pontífice, se le apareció en sueños el bienaventurado Francisco con una cierta severidad en el rostro, y, reprendiéndole por las perplejidades de su corazón, levantó el brazo derecho, le descubrió la llaga del costado y le pidió una copa para recoger en ella la sangre que abundante manaba de su costado. Le ofreció el sumo pontífice en sueños la copa que le pedía, y parecía llenarse hasta el borde de la sangre que brotaba del costado.
Desde entonces se sintió atraído por este sagrado milagro con tanta devoción y con un celo tan ardiente, que no podía tolerar que nadie con altiva presunción tratase de impugnar y oscurecer la espléndida verdad de aquellas señales sin que fuese objeto de su severa corrección. 

26. La curación de Juan de Lérida (LM, Milagros 1,5)
En la ciudad de Lérida, en Cataluña, tuvo lugar el siguiente hecho. Un hombre llamado Juan, devoto de San Francisco, atravesaba de noche un camino donde acechaban para dar muerte a un hombre que ciertamente no era él, que no tenía enemigos. Pero el hombre a quien querían matar le era muy parecido y en aquella sazón formaba parte de su acompañamiento.
Saliendo un hombre de la emboscada preparada y pensando que el dicho Juan era su enemigo, le hirió tan de muerte con repetidos golpes de espada, que no había esperanza alguna de que recobrase la salud. En el primer golpe le cercenó casi por completo el hombro con el brazo; en un segundo golpe le hizo debajo de la tetilla una herida tan profunda y grande, que el aire que de ella salía podría ser bastante para apagar unas seis velas que ardieran juntas. A juicio de los médicos, la curación era imposible porque, habiéndose gangrenado las heridas, despedían un hedor tan intolerable, que hasta a su propia mujer le repugnaba fuertemente; en lo humano no les quedaba remedio alguno.
En este trance se volvió con toda la devoción que pudo al bienaventurado padre Francisco para impetrar su patrocinio; ya antes, en el momento de ser golpeado, le había invocado con inmensa confianza, como había invocado también a la Santísima Virgen.
Y he aquí que, mientras aquel desgraciado estaba postrado en el lecho solitario de la calamidad y, velando y gimiendo, invocaba frecuentemente el nombre de Francisco, de pronto se le hace presente uno, vestido con el hábito de hermano menor, que, al parecer, había entrado por la ventana. Llamándole éste por su nombre, le dijo: «Mira, Dios te librará, porque has tenido confianza en mí». Le preguntó el enfermo quién era, y el visitante le contestó que él era Francisco. Al punto se le acercó, le quitó las vendas de las heridas y, según parecía, ungió con un ungüento todas las llagas.
Tan pronto como sintió el suave contacto de aquellas manos sagradas, que en virtud de las llagas del Salvador tenían poder para sanar, desaparecida la gangrena, restablecida la carne y cicatrizadas las heridas, recobró íntegramente su primitiva salud. Tras esto desapareció el bienaventurado Padre.
Sintiéndose sano y prorrumpiendo alegremente en alabanzas de Dios y de San Francisco, llamó a su mujer. Ella acude velozmente a la llamada, y al ver de pie a quien creía iba a ser sepultado al día siguiente, impresionada enormemente por el estupor, llena de clamor todo el vecindario. Presentándose los suyos, se esforzaban en encamarlo como si se tratase de un frenético. Pero, él, resistiéndose, aseguraba que estaba curado, y así se mostraba.

El estupor los dejó tan atónitos, que, como si hubieran sido privados de la mente, creían que lo que estaban viendo era algo fantástico. Porque aquel a quien poco antes habían visto desgarrado por atrocísimas heridas y ya todo putrefacto, lo veían alegre y totalmente incólume. Dirigiéndose a ellos el que había recuperado la salud, les dijo: «No temáis y no creáis que es falso lo que veis, porque San Francisco acaba de salir de este lugar y con el contacto de sus sagradas manos me ha curado totalmente de mis heridas».
A medida que crece la fama del milagro, va acudiendo presuroso el pueblo entero que, comprobando en un prodigio tan evidente el poder de las llagas de San Francisco, se llena de admiración y gozo a un tiempo y glorifica con grandes alabanzas al portador de las señales de Cristo. 

27. La resurrección de una mujer (LM, Milagros 2,1)
Entre los milagros obrados por Dios en atención a su siervo Francisco, se cuentan también casos de muertos resucitados, como el siguiente.
En la población de Monte Marano, cerca de Benevento, murió una mujer particularmente devota de San Francisco.

Durante la noche, reunido el clero para celebrar las exequias y hacer vela cantando salmos, de repente, a la vista de todos, se levantó del túmulo la mujer y llamó a un sacerdote de los presentes, padrino suyo, y le dijo: «Quiero confesarme, padre; oye mi pecado. Ya muerta, iba a ser encerrada en una cárcel tenebrosa, porque no me había confesado todavía de un pecado que te voy a descubrir. Pero rogó por mí San Francisco, a quien serví con devoción durante mi vida, y se me ha concedido volver ahora al cuerpo, para que, revelando aquel pecado, merezca la vida eterna. Y una vez que confiese mi pecado, en presencia de todos vosotros marcharé al descanso prometido».
Habiéndose confesado, estremecida, al sacerdote, igualmente estremecido, y, recibida la absolución, tranquilamente se tumbó en el lecho y se durmió felizmente en el Señor, con lo que el diablo huyó confuso.

28. La liberación del hereje Pedro (LM, Milagros 5,4)
Ocupando el solio pontificio el papa Gregorio IX, un hombre llamado Pedro, de la ciudad de Alife, fue acusado de hereje y apresado en Roma, y, por orden del mismo pontífice, entregado al obispo de Tívoli para su custodia. El obispo, que debía guardarlo so pena de perder su sede, para que no pudiera escapar lo hizo encerrar, cargado de cadenas, en una oscura cárcel, dándole el pan estrictamente pesado, y el agua rigurosamente tasada.

Habiendo oído que se aproximaba la vigilia de la solemnidad de San Francisco, aquel hombre se puso a invocarle con muchas súplicas y lágrimas, y a pedirle que se apiadara de él. Y por cuanto por la pureza de la fe había renunciado a todo error de herética pravedad y con perfecta devoción del corazón se había adherido al fidelísimo siervo de Cristo Francisco, por la intercesión del Santo y por sus méritos mereció ser oído por Dios. Echándose ya la noche de su fiesta, San Francisco, compadecido, descendió hacia el crepúsculo a la cárcel y, llamándole por su nombre, le mandó que se levantase rápidamente. Temblando de temor, le preguntó quién era, y escuchó una voz que le decía que era Francisco. Vio que a la presencia del santo varón se desprendían rotas las cadenas de sus pies y que, saltando los clavos, se abrían las puertas de la cárcel, ofreciéndosele franco el camino de la libertad. Pero, libre ya y estupefacto, no acertaba a huir, y gritaba a la puerta, infundiendo el pavor entre todos los custodios.
Estos anunciaron al obispo que el preso se hallaba libre de las cadenas; y, después de cerciorarse del asunto, acudió devotamente a la cárcel y reconoció abiertamente el poder de Dios, y allí adoró al Señor.
Fueron llevadas las cadenas ante el papa y los cardenales, quienes, viendo lo que había sucedido, admirados extraordinariamente, bendijeron a Dios.                                                       

San Francisco de Asís en éxtasis, Francisco de Zurbarán, c. 1638. Museo Soumaya, Ciudad de México.
Este cuadro data de alrededor de 1638, época por la cual Zurbarán residió en Sevilla mientras pintaba la serie de cuadros dedicados a la virgen de Guadalupe de Cáceres. En 1639 muere su segunda esposa Beatriz de Morales, a lo cual se atribuye una mayor oscuridad en su obra patente a partir de 1640.
De esta época datan también la mayor parte de los Franciscos pintados por Zurbarán: hincados, de pie y en éxtasis, repartidos por el mundo que comparten características similares. Parece factible que el cuadro haya sido pintado por encargo de una comunidad de frailes menores descalzos El más similar a él, el de la National Gallery de Londres, fue parte de la colección de Luis Felipe I de Francia, que fue vendida en subasta en 1853, lo que también parece ser el caso de la versión que actualmente se encuentra en el Soumaya.
El cuadro muestra al fundador de la orden franciscana bajo la línea iconográfica postridendinta, esto es, en actitud ascética y en contemplación mística. El cuadro repite elementos usados por Zurbarán en otros Franciscos: el santo en oración, la mirada dirigida al cielo, la cara cubierta y casi velada totalmente con la sombra del capuchón y gran porción del cuerpo en sombras.
El santo sostiene un cráneo, símbolo tradicional del ascetismo, las manos entrelazadas y cercanas a su pecho. Su hábito se encuentra rasgado en uno de los codos y en la manga para mostrar la pobreza de san Francisco. Como fondo se puede ver una construcción y un paisaje en donde destaca la Giralda o torre de las campanas de la catedral de Sevilla.
El cuadro es un ejemplo del tenebrismo de Zurbarán heredado de Caravaggio, por lo que hace uso del claroscuro para dar énfasis a la austeridad y misticismo de san Francisco. Dicho tenebrismo es característico de la escuela sevillana de pintura desarrollada durante la época del Barroco. 

San Francisco en meditación, Francisco de Zurbarán (1598-1664). Alte Pinakotheke, Munich.
 Aparece la imagen de San Francisco sobre un fondo indeterminado, vestido con el hábito característico franciscano en actitud de oración con los ojos mirando el cielo. La escena se completa con una calavera que el santo toca con su mano. 

En el cuadro aparece la figura de San Francisco, reconocible por el hábito que lleva quien lo elaboró él mismo con un saco tratando de este modo de exteriorizar su pobreza, pero es además un San Francisco orando a Dios como lo prueban esa mirada hacia el cielo (con reminiscencias claras a la obra de El greco) y esa mano en el corazón simbolizando así lo sentido y sincero de sus ruegos. No en vano y según nos relata la Leyenda Dorada, los éxtasis y visiones místicas del santo fueron comunes en su vida. Junto a él se representa una calavera, símbolo característico (como en las representaciones de san Gerónimo o de María Magdalena entre otros) de ese abandono de lo material (y por tanto perecedero de la vida), para dedicarse a un enriquecimiento espiritual de la existencia. El conjunto se sitúa frente a un fondo indeterminado oscuro que realza el sentimiento de la obra además de intemporalizarlo.
Dentro de ese ambiente Contrarreformista en donde en mayor o menor medida se encuentran todas las obras que estamos comentando aparece en esta pintura una alusión al ejemplo y valor de los santos como modelo y camino de Salvación, así San Francisco con su hábito nos está demostrando el valor de la pobreza, con su mirada al cielo, el valor de la oración sincera, con su calavera, lo fútil del apego a lo material de la vida.
Otra de las significaciones que podemos extraer es la del sentimiento que la obra quiere producir en el espectador tratando de conmoverle (por medio del misticismo y religiosidad del cuadro) para así de esta forma poder trasmitir mucho más fácil el mensaje. 

La Visión de San Francisco de Asís, Luis Tristán. Museo del Louvre. París.  

San Francisco abrazando a Cristo en la Cruz, Bartolomé Esteban Murillo, hacia 1668 - 1669. Museo de Bellas Artes, Sevilla.
El cuadro forma parte de una serie de pinturas encargadas a Murillo por la Orden de los Capuchinos para la iglesia de su convento en Sevilla. Tales obras, realizadas alrededor de los años 1668 y 1669, debían exaltar los elementos distintivos de la espiritualidad franciscana.
El tema de la obra (Alegoría sobre la renuncia al mundo material de Francisco de Asís para seguir a Jesús.) ya había sido plasmado por otros pintores y entre las todas las versiones, la más célebre era la de Francisco Ribalta realizada cerca de diez años antes para los capuchinos de Valencia. Por tanto es fácil pensar que fueron los hermanos valencianos, quienes además contribuyeron en la fundación del convento de Sevilla, los que sugirieron a Murillo la reproducción de ese motivo en su tela.

La composición simboliza el momento culminante de la vida de San Francisco de Asís, es decir, cuando decide renunciar a todos sus bienes materiales para abrazar la vida religiosa.
Junto a la cruz, dos ángeles sujetan un libro abierto donde se puede leer en latín el pasaje del Evangelio de Lucas (14,33) que dice:
"Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas las cosas que posee no puede ser mi discípulo"
De este modo, el globo sobre el que san Francisco apoya el pie, casi como empujándolo, simboliza el mundo terreno que rechaza y abandona para convertirse en discípulo de Jesús.
La composición es de luz suave y colores cálidos combinando sin estridencias los pardos, azules y verdes con la palidez del cuerpo de Cristo.

San Francisco recibiendo los estigmas, El Greco 1585. Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
El Greco supo interpretar a la perfección el espíritu de la Contrarreforma. De ahí el enorme número de encargos procedentes de iglesias toledanas y particulares que recibirá el pintor, motivando la creación de un fructífero taller del que obtenía suculentos ingresos. La producción casi era industrial en algunas ocasiones, debido a la enorme demanda existente. Especialmente se le solicitó el tema de San Francisco, existiendo unas cien obras salidas del taller, de las que 40 serían las realizadas por Doménikos. En la mayor parte de los casos - como el que nos ocupa - el santo aparece en el momento de recibir los estigmas, por lo que en la zona superior izquierda del lienzo contemplamos la visión. Entre las nubes aparece Cristo crucificado, conformando esta visión el foco de luz que ilumina a San Francisco. La figura viste hábito franciscano en tonos pardos y es un tipo más bien escuálido, considerado como una imagen típica del asceta. Sus amplios ropajes apenas permiten contemplar su anatomía, observando sólo las delicadas manos y el rostro, de facciones afiladas y pómulos salientes. Eleva su mirada hacia la visión, agrandando los ojos ante el efecto de lo sobrenatural. La escena se desarrolla sobre un fondo neutro muy oscuro, que elimina los colores por efecto del fuerte fogonazo de luz y busca la concentración del espectador en el milagro que contempla San Francisco. Este tipo de imágenes será muy utilizado en el Barroco, siendo Doménikos un importante punto de referencia. 

Estigmatización de san Francisco, Tiepolo 1767. Museo del Prado.
Representación de una escena milagrosa en la vida de san Francisco de Asís ocurrida en 1224 durante la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz. El Santo, durante un momento en el que se retiró a rezar, recibió de un serafín los estigmas, las mismas heridas sufridas por Cristo en la Cruz. A su lado, un ángel le sostiene para evitar que su cuerpo en éxtasis se desplome. La variedad tonal de los azules utilizados y su contraste con la oscurísima gama cromática empleada tanto en el paisaje como en el hábito del Santo, contribuyen a crear una atmósfera de irrealidad que ensalza el carácter sobrenatural del milagro. Este lienzo forma parte del conjunto realizado para la Iglesia del Convento de San Pascual de Aranjuez. El boceto de esta obra se conserva en las Courtauld Institute Galleries, Londres.

San Francisco en oración, Caravaggio 1604-06 ó 1607-10. Museo Cívico de Cremona, Cremona.

Fue elaborado por encargo de Francesco Del Monte, junto con su símil San Francisco de Asís en éxtasis. Francisco aparece leyendo la Biblia, y es destacable la naturaleza muerta que se encuentra como apoyo para el cuadro. La calavera y los libros forman el cuadro triste que acompaña la mirada perdida y arrugada de Francisco. La luz aparece pobremente representada, sólo como un suplemento más a la concentración de Francisco. El santo y los objetos hacen del cuadro una pieza depresiva y que genera melancolía en sus espectadores, sentimiento emulado más tarde por pintores españoles del Barroco como Francisco de Zurbarán o José de Ribera, ambos admiradores de Caravaggio. 

San Francisco de Asís y el hermano León meditando sobre la muerte, El Greco 1610. Museo del Prado.
Cobijado en una cueva, san Francisco de Asís se arrodilla pensativo al tiempo que acoge entre sus manos estigmatizadas una calavera. El santo arrodillado sobre una suerte de pedestal pétreo que le eleva con respecto al hermano León. Éste está representado a la derecha del santo, arrodillado igualmente y en escorzo, en actitud orante mientras contempla la calavera, objeto que centra la composición. Los dos monjes visten el hábito gris franciscano, y cubren las cabezas con la ajustada capucha. Una luz espectral envuelve las figuras, en marcado contraste con el fondo castaño de la gruta, que se abre al exterior en el ángulo superior izquierdo y permite ver un pequeño fragmento de un cielo tormentoso. El Greco fue sin duda el artista que mejor construyó una imagen del santo ascético y meditabundo, centrada en los episodios finales de la vida del franciscano, representado con un rostro afilado y un cuerpo escuálido embutido en un hábito holgado y un tanto mísero. Y así nos lo muestra esta tela, en la que se ilustra el retiro del de Asís en 1224 en el monte Alverna, en el valle italiano de Casentino, donde san Francisco vivió los episodios de la estigmatización y la visión de la antorcha, remedos de la vigilia cristológica en el Huerto de los Olivos, muy adecuados en una figura que la literatura franciscana trató de convertir en un segundo Cristo. Tras recibir los estigmas, el santo reflexiona sobre la cercana muerte, un tema clave en la cultura contrarreformista que se subraya por el protagonismo de la calavera, convertida en centro mismo de la composición, y que puede relacionarse con las recomendaciones de san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales. En ocasiones también se ha puesto en paralelo con la visión meditabunda de Hamlet. En cualquier caso, el tratamiento meditativo y eremítico de este san Francisco enlazaría con la iconografía tradicional de otros santos como san Jerónimo o la Magdalena.
San Francisco de Paula
Francisco nació en Paola el 27 de marzo de 1416, hijo de Giacomo D'Alessio, apodado Martolilla, y Viena de Fuscaldo, una pareja de firme fe católica, devota en particular de San Francisco de Asís al que, incluso ya encontrándose en edad avanzada, le pidieron la gracia de un hijo.
Nacido pues, el primogénito, fue por ellos espontáneo imponerle el nombre de Francisco. A este primer niño se sumó pronto, otra hija: Brígida.
De niño, Francisco contrajo una forma grave de infección en un ojo, al grado de que los padres se dirigieron de nuevo en ruego al poverello de Asís, prometiéndole, en caso de curación, que el pequeño vestiría por un año entero (año que se llama famulato) el hábito de la orden franciscana. La enfermedad cedió con celeridad.
Desde pequeño, Francisco fue particularmente atraído por la práctica religiosa, denotando humildad y docilidad a la obediencia. A la edad de trece años contó la visión a un fraile franciscano que le recordó el voto hecho por los padres. Acogido en el convento franciscano de San Marco Argentano (Cosenza), quedó, por un año, cumpliendo a la promesa de sus padres.
El año de famulato evidenció las aptitudes místicas del joven, incluidos aquellos fenómenos sobrenaturales que acompañaron toda su biografía, aumentando con ello su fama en vida y su culto después de la muerte. Durante este año de dedicación al convento, el pequeño Francisco se afanó en la observancia regular y en despachar las tareas más humildes de la casa como la limpieza de los suelos, la cocina, el servicio del comedor, la limosna y ya entonces practicó muchos ayunos y abstinencias.
Concluido el año, los frailes de San Marco Argentano habrían querido retenerlo, pero Francisco conservó el deseo de conocer otras modalidades de vida consagradas, inquietud que había albergado antes de hacer su elección.
En 1430 llevó a cabo, con su familia, una larga peregrinación que, teniendo Asís como meta principal, incluyó algunos de los principales centros de la espiritualidad católica italiana: Loreto, Roma y Montecassino, también tocando los eremitorios del Monte Luco.
El lujo de la Ciudad Eterna lo impresionó negativamente, empujándolo, al parecer, a reprender al cardenal Cusano, a quien hizo notar que Jesús no tuvo vestidos tan suntuosos.
Regresando a Paula, inició un periodo de vida eremítica, utilizando un lugar inaccesible incluido en las propiedades de la familia y suscitando el estupor de los paolanos.
En 1435, otros se asociaron con esta experiencia, reconociéndolo como conductor espiritual.
Con los suyos, construyó una capilla y tres dormitorios, dando, de hecho, principio a la experiencia, todavía en curso, de la Orden de los Mínimos.
A las primeras adhesiones, muchos otras se añadieron, tanto que el 31 de agosto de 1452 el nuevo arzobispo de Cosenza, monseñor Pirro Caracciolo, concedió la aprobación diocesana, acto que comportó a la Orden la facultad de instituir un oratorio, un monasterio y una iglesia.
Y justo la edificación del nuevo monasterio fue la ocasión que los conciudadanos de Francisco utilizaron para certificarle su profunda consideración: hasta los nobles paolanos hicieron de obreros para acelerar con ello la construcción.
La fama de santidad de Francisco se difundió rápidamente, tanto que en 1467 el papa Paulo II mandó a Paola a un emisario para tener noticias sobre el ermitaño calabrés.
Regresado a Roma, el enviado pontificio, monseñor Baldassarre De Gutrossis, presentó una relación objetiva sobre la vida de ruego y austeridad que invadió el monasterio.
El 4 de julio del mismo año, cuatro cardenales firmaron la carta que concedió la indulgencia a los que habían contribuido a la construcción de la iglesia del monasterio de Paula, además de a los que la habían visitado.
En 1470 tuvo principio el proceso jurídico-canónico para la aprobación definitiva de la nueva orden de ermitaños. La "causa paolana" fue patrocinada por monseñor Baldassarre da Spigno.
El 17 de mayo de 1474, el papa Sixto IV reconoció oficialmente al nueva orden con la denominación Congregación eremítica paolana de San Francisco de Asís.
El reconocimiento de la regla, de extrema austeridad, vino en cambio con el papa Alejandro VI, en concomitancia con el cambio del nombre por aquel, todavía en uso, de Orden de los Mínimos. Con la aprobación, los eremitorios, sobre el modelo de aquel de Paola, florecieron en Calabria y Sicilia.
Paterno Calabro en 1472, Spezzano della Sila en 1474, Corigliano Calabro en 1476 y Milazzo en 1480, fueron el parteaguas. Francisco encontró mientras tanto estable morada en Paterno Calabro, que se volvió, por lo tanto, un punto de referencia esencial para la gente y para los pobres de su tierra.
Así los dirigió por consejos de carácter espiritual pero también por consejos puramente prácticos. 
La situación política
El Reino de Nápoles estuvo en aquel periodo gobernado por los aragoneses, aunque localmente el poder efectivo fue sostenido por las familias nobiliarias según lo que fue el sistema feudal. Naturalmente las condiciones de vida no fueron fáciles para la mayoría de la población, que ocupó el nivel social más bajo.
Francesco adoptó también en tal contexto histórico la misión de la difusión de la vida cristiana.
Entre los fenómenos sobrenaturales atribuidos a Francisco está aquel de la curación de un chico enfermo de una incurable llaga en un brazo, saneada con hierbas comunes; el desatascar milagroso del agua del "Cucchiarella", que Francisco hizo manar golpeando con el bastón una roca cerca del convento de Paula y que todavía es objeto de romerías; las piedras del milagro que quedaron en vilo mientras amenazaron con caer sobre el convento ("Os Paradas, por caridad").
Pero el "milagro" más famoso es ciertamente aquel conocido como el cruce del estrecho de Mesina sobre su capa extendida, después de que el barquero Pietro Coloso se negara a transbordar gratis a él y algunos seguidores, que ha contribuido a determinar con ello el "nombramiento" como patrón de la gente del mar de Italia.
Otro "carisma" atribuido al santo ermitaño fue la profecía, como cuando previó que la ciudad de Otranto caería en manos de los turcos en el 1480 y sería reconquistada por el rey de Nápoles. 
La experiencia francesa
La noticia de sus dotes de santidad y taumaturgia también la alcanzó Francia, por los mercantes napolitanos, llegándole al rey Luis XI el que, enfermado él gravemente, lo mandó llamar preguntándole de visitarlo.
Francesco fue muy reacio a la idea de dejar su gente necesitada mucha que inducir al soberano francés a mandar una misión diplomática cerca del Papa para que le ordenara a Francisco ir cerca de él.
El Papa y el rey de Nápoles aprovecharon la ocasión para consolidar las frágiles relaciones con la potente Francia, vislumbrando, en perspectiva, la posibilidad de alcanzar un acuerdo para abolir la Pragmática Sanción de Bourges de 1438.
Necesitaron algunos meses pero para convencer a Francisco para dejar su tierra para atravesar los Alpes, y abandonar su estilo de vida austera, para pasar a vivir en un edificio real.
El 2 de febrero de 1483, partiendo de Paterno Calabro, Francisco dejó Calabria hacia Francia, remontando por el Vas de Diano, se paró primero en Polla, luego en la abadía de Santa Maria La Nova de Campagna y en Salerno. Pasó por Nápoles donde fue acogido por una gran muchedumbre aclamante y por el mismo rey Fernando I.
En Roma encontró muchas veces Papa Sixto IV que le confió muchos encargos. Se embarcó por lo tanto en Civitavecchia hacia Francia.
A su llegada cerca de la corte, en el Castillo de Plessis-lez-Tours, Luis XI se arrodilló. Él no lo curó del mal pero la acción de Francisco llevó a una mejoría las relaciones entre Francia y el Papa.
Francisco vivió en Francia unos veinticinco años y supo hacerse apreciar tanto por el pueblo simple como por los eruditos de la Sorbona.
Muchos religiosos franciscanos, benedictinos y ermitaños, fascinados por su estilo de vida, también se incorporaron en Francia, contribuyendo a la universalización de su orden.
Francisco gradualmente comportó el paso de un puro eremitismo a un real cenobitismo, con la fundación de una segunda orden, para las monjas y una tercero, para los laicos. Las correspondientes reglas fueron aprobadas por el Papa Julio II el 28 de julio de 1506.
El rey Carlos VIII, sucesor de Luis XI, estimó mucho a Francisco y contribuyó a la fundación de dos monasterios de la orden de los Mínimos, uno a Plessis-les-Tours y a uno sobre el monte Pincio a Roma.
En 1498, a la muerte de Carlos VIII, subió al trono Luis XII al que Francisco pidió volver a Italia, pero el nuevo soberano no accedió. 
El sereno epílogo y la gran herencia espiritual
Después de haber transcurrido los últimos años en serena soledad, murió en Francia en Plessis-les-Tours el 2 de abril de 1507. Aproximándose su fin, llamó a sí a sus cofrades sobre el lecho de muerte, exhortándolos a la caridad recíproca y al mantenimiento de la austeridad en la regla. Proveyó al nombramiento del vicario general y por fin, después de haber recibido los sacramentos, se hizo leer la Pasión según San Juan mientras su alma exhaló.
Fue canonizado en 1519, sólo doce años después de su muerte, durante el pontificado del Papa León X, al que predijo la elección al solio pontificio cuando éste todavía era un niño, acontecimiento muy raro por sus tiempos.
En 1562, los hugonotes forzaron su tumba, encontraron el cuerpo incorrupto y le pegaron fuego.
Su fiesta se celebra el 2 de abril, día de su nacimiento al cielo. Sin embargo, no pudiéndose celebrar a menudo como fiesta litúrgica porque casi siempre recurre en Cuaresma, se celebra cada año en Paola en el aniversario de su canonización, que ocurrió el 1 de mayo de 1519. La noticia, en cambio, llegó a Paula después de tres días; por eso los festejos son del 1 al 4 de mayo. 
Atributos
Hábito con la palabra Caritas escrita en el pecho, Asno y Fragua.
San Antonio de Padua
San Francisco de Paula, José Ribera. Subastas Duran 
Visión de San Francisco de Paula, José Jiménez Donoso 1691. Museo del Prado.
Se le representa vestido con el hábito de la Orden, con capucha, larga barba y apoyándose en un bastón en forma de tau griega. La figura del santo, concebida en una acusada diagonal, se detiene en su camino por un terreno irregular, y mira y señala al cielo, en la parte izquierda de la escena. Detrás de él, un fraile mínimo lleva a hombros a un apestado, mientras que otro, que se apoya en una muleta, se encuentra en el suelo. A la izquierda, por encima del santo, dos angelitos en forzado escorzo llevan una cartela rectangular rodeada de rayos luminosos, en la que está escrito "CHARITAS", lema de San Francisco, que alude a la práctica frecuente de esta virtud teologal. En el último término, la parte más luminosa de la composición, el pintor ha dibujado unas arquitecturas; se aprecia con claridad una portada de iglesia constituida por dos cuerpos, rematada por un frontón y por figuras de ángeles, y una hornacina en la que se aloja una imagen de la Virgen con el Niño. Esta fachada, y especialmente la torre situada a su derecha, evocan las de las iglesias madrileñas contemporáneas. La presencia constante de edificios en toda la obra pictórica de Donoso evidencia su extraordinario interés y vocación por la arquitectura y por la perspectiva. 
San Francisco Javier
Nacido como Francisco Jasso Azpilicueta Atondo y Aznares, señor de Javier, más conocido como Francisco Javier, nació en 1506 en el Castillo de Javier, en el Reino de Navarra. Su padre, Juan de Jasso, señor de Javier, era presidente del Real Consejo de los Reyes de Navarra Juan de Albret y Catalina de Foix.
Seis años más tarde, en 1512, con ocasión del pacto del reino de Navarra con Francia, se inicia la conquista de Navarra por las tropas castellano-aragonesas al mando de Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, por orden de Fernando el Católico, rey ya de Aragón y Castilla. Con la liberación de Navarra del control de Francia se produce la unidad política de España de acuerdo al concepto actual de la misma (esto es, sin Portugal). Se ocupan gran parte de las plazas del Reino de Navarra, contando con el apoyo de los descendientes del noble beaumontés Luis de Beaumont, exiliados en Castilla, los llamados beaumonteses y que se habían enfrentado a los agramonteses en un largo conflicto civil que había finalizado a comienzos del siglo XVI. Tras la invasión parcial del Reino de Navarra por las tropas castellano-aragonesas con fuerte presencia guipuzcoana, se produjeron varias contraofensivas de los leales a los Albret, en este caso con fuerte apoyo francés, luchas que duraron hasta 1530.
En 1516, fallecido el padre en el exilio un año antes, los hermanos de Francisco participan en una infructuosa ofensiva con el pro francés Rey de Navarra Juan de Albret, siendo la familia de Francisco desposeída de sus propiedades, y el castillo desmochado por orden del Gobernador, el Cardenal Cisneros.
En 1521, una invasión francesa que penetraría hasta Castilla permite a los leales a Juan de Albret recuperar fugazmente el control casi total del Reino, aunque dura poco tiempo, perdiendo la parte al sur de los pirineos, Alta Navarra, en 1524 (con la caída de la plaza Navarra de Fuenterrabía), mientras que en la Baja Navarra, al norte de los Pirineos, se mantendría leal a Juan de Albret en la órbita francesa.
En 1530, siendo Carlos I rey de España, este abandona sus aspiraciones a ocupar el resto del Reino de Navarra que se mantendría como reino semi-independiente, y finalmente, a través de lazos matrimoniales se uniría con la corona francesa con el título de Reyes de Francia y Navarra. La parte sur pirenaica de la Alta Navarra, con la que se consuma la Corona de España (entendido el vocablo de acuerdo a la usanza actual, esto es, sin incluir Portugal) mantendría sus instituciones, privilegios y denominación como Reino hasta el siglo XIX en que se transforma en una provincia foral. La parte que quedó en Francia, la Baja Navarra, mantendría su estatus de Reino hasta la abolición de los privilegios de los territorios de la monarquía francesa, tras la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII.
Francisco había abrazado la carrera eclesiástica y marcha en 1528 a París a la Universidad de la Sorbona, donde conoce a Ignacio de Loyola, con quien fundará más adelante la Compañía de Jesús. Aunque al principio no sintió simpatía por Ignacio de Loyola, terminó siendo su mejor amigo y colaborador. Efectivamente, se da la circunstancia de que en 1521, previo a iniciar su vocación eclesiástica, san Ignacio, en ese momento Iñigo de Loyola, había combatido con las tropas guipuzcoanas imperiales contra las francesas del Duque de Foix (que apoyaban a Juan de Albret), en las que combatían, junto a otros navarros, los hermanos de san Francisco Javier, cayendo Ignacio herido en el sitio de Pamplona.
Su niñez estuvo marcada por los hechos históricos que llevaron a la salida del reino de Navarra del control francés y su reincorporación a la órbita hispana, dado que su familia estuvo muy involucrada en dichos hechos. Su casa natal fue lugar de encuentro de los partidarios de los Albret y sufrió la revancha de la pérdida. Sus hermanos, miembros del ejército de Juan III, fueron encarcelados por ello. Estas circunstancias pudieron ser la causa de la determinación de Francisco por el estudio religioso.
Estudios en París
En 1524 Francisco de Javier tiene tomada la determinación de ir a estudiar a París, a la Sorbona. Antes había cursado estudios en diferentes ciudades navarras, ultimándolos en Pamplona.
En septiembre de 1528 fue a estudiar a París, donde conoció al que sería su mejor amigo, Íñigo de Loyola, posteriormente san Ignacio de Loyola, quien nunca le dejó solo en los momentos difíciles en París y siempre le ayudó, como por ejemplo, cuando Javier sufrió problemas económicos.
Fue allí donde con otros cinco compañeros se constituye lo que sería el embrión de la Compañía de Jesús. El 15 de agosto de 1534, una vez finalizados los estudios, juran votos de caridad y castidad, a la vez que prometen viajar a Tierra Santa, en la Cripta del Martirio de Montmartre. Francisco se queda en París otros dos años más estudiando Teología, después de participar en los Ejercicios espirituales junto a Ignacio de Loyola.
En 1537 se reúne con Ignacio de Loyola para viajar a Italia. En Roma visitan al Papa Paulo III para pedirle su bendición antes de emprender el viaje a Tierra Santa, viaje que no se iba a poder realizar por haber entrado en guerra Venecia con Turquía. Llegan a Venecia y es ordenado sacerdote el 24 de junio. Durante su estancia en Venecia, mientras esperaban el barco para ir a Tierra Santa, se dedica junto a sus compañeros a predicar por los alrededores. Ante la tardanza del viaje, vuelven a Roma y se ofrecen al Papa para ser enviados a cualquier otro lado. De allí parte hacia Lisboa en 1540, donde dará comienzo la etapa más importante de su vida: la de misionero. El viaje a Portugal se debió a la solicitud del embajador portugués en Roma, Pedro de Mascarenhas, que pidió en nombre de Juan III de Portugal a Ignacio de Loyola algunos hombres suyos para enviarlos a las Indias Orientales. Para ese viaje Francisco fue nombrado por el Papa legado suyo en las tierras del Mar Rojo, del Golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges.
Sus viajes de misiones
El viaje a Lisboa fue por tierra y paró en Azpeitia (Guipúzcoa), para entregar cartas de Ignacio de Loyola a su familia. En Lisboa estuvieron un tiempo, hasta que fue designado Francisco para ser el enviado a las Indias. En ese tiempo no pararon de predicar el evangelio a los pobres de la ciudad.
El 7 de abril de 1541, día que cumplía 35 años, sale la expedición y llega el 22 de septiembre a Mozambique. Allí se queda hasta febrero del año siguiente. En esa estancia ayuda en el hospital y percibe la realidad del trato que se da a los negros, lo cual le lleva a tener los primeros enfrentamientos.
Después de efectuar escalas en Melinde y Socotora, llega a Goa (ciudad que luego sería capital de la India Portuguesa) el 6 de mayo de 1542. Prepara un texto divulgativo basado en el catecismo de Juan Barros y comienza a predicar la doctrina católica por la ciudad, a la vez que asiste a moribundos, visita a presos y socorre a pobres.
Para lograr un acercamiento más intenso se dedica a aprender la lengua del país. Tras rechazar el puesto de director del seminario de San Pablo, se embarca, en octubre de 1542, para las islas de la Pesquería, donde permaneció más de un año.
Evangeliza a los indios Paravas y recorre las ciudades de Tuticorrín, Trichendur, Manapar y Combuture. Encontró la oposición de los brahmanes, que habitaban las pagodas de la región.
Aprendió tamil y tradujo a esa lengua parte de los textos cristianos y una plática sobre el cielo y el infierno.
Mapa del viaje de San Francisco Javier
En noviembre de 1543 se encuentra con sus compañeros Micer Paulo y Mansilla en Goa y se entrevista con el obispo de la ciudad, Juan de Alburquerque, para pedirle misioneros. El obispo destina a 6 sacerdotes para esa labor. Con los nuevos colaboradores se vuelve de nuevo a la Pesquería. En el viaje escribe varias cartas a sus compañeros de Roma, en una de ellas dice:
Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que se ocupen en la evangelización. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a esas Universidades dando voces como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo en la Sorbona a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas; ¡cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por negligencia de ellos! Es tanta la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en estas partes, en esta tierra donde ando, que muchas veces me parece tener cansados los brazos de bautizar, y no poder hablar de tantas veces de decir Credo y mandamientos en su lengua de ellos y las otras oraciones.
Establece en las Pesquería un sistema de asignación de territorios a un responsable, el cual debía de mantenerle informado del devenir de la misión. Una vez que ha organizado ese territorio, parte hacia Manapar y el distrito sur. Permanece un mes con los makuas, bautizando a más de 10.000 personas.
Durante 1544 realiza más de veinte viajes de evangelización. Ante las noticias de la ejecución de cristianos en Ceylan, Francisco vuelve a Goa y habla con el gobernador, para acompañar a las tropas que se iban a enviar para castigar las acciones contra los cristianos que el rey Jafnapatán había hecho. Por diferentes causas dicha acción nunca se llevó a cabo.
En 1545 parte a las islas Molucas en compañía de Juan Eiro, llegando a Malaca poco después. Durante tres meses Francisco de Javier aprendería un mínimo el idioma y se familiariza con la cultura local; también traduciría, con ayuda de gentes entendidas, la parte básica de los textos de la doctrina católica. Ese mismo año escribe al rey de Portugal sobre las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad.
Sale hacia las Islas de Amborio y Ternate en enero de 1546, después de preparar las Instrucciones para los catequistas de la Compañía de Jesús. Llega a su destino al cabo de mes y medio. Recorre diferentes islas de la región y en Baranula (Ceran), según cuenta la tradición, un cangrejo le devuelve el crucifijo que había perdido durante una tempestad.
En junio llega a Ternate, rico centro comercial de especias y última posesión portuguesa, permaneciendo en ella tres meses. De allí sale a las islas del Moro, donde pasa otros tres meses. De las islas del Moro emprende viaje de vuelta a Cochín, donde llegaría el 13 de enero de 1548.
Después de realizar labores de reordenación y supervisión de las misiones establecidas en India y Molucas, donde se siente decepcionado con el deterioro sufrido, tal y como demuestra en sus cartas, parte para Japón, junto a sus compañeros Cosme de Torres y Juan Fernández y el traductor Anjirō, el domingo de Ramos de 1549, llegando a tierras niponas el 15 de agosto. Desembarcan en Kagoshima, entonces capital del reino Sur del Japón. Permaneció en esta ciudad durante un año y por tierras japonesas durante dos años y tres meses. En colaboración de su compañero Pablo de Santa Fe evangelizó por tierras niponas e hizo traducir la obra Declaración de los artículos de la Fe, que se aprendió de memoria y solía recitar en las esquinas. Para responder a las preguntas que los transeúntes realizaban se valía de un intérprete. Ante el fracaso de la misión, pensó en citarse con el rey de la zona con la esperanza de que si este se convertía al catolicismo, el pueblo también lo haría. En 1550 se dirige al norte con esta intención. Funda una pequeña colectividad cristiana en Hirado. Llega a Yamaguchi, luego a Sakai y, finalmente a Meaco, donde intenta, sin conseguirlo, ser recibido por el emperador.
Se traslada a Yamaguchi de nuevo y obtiene del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Ante esa perspectiva realiza, junto con sus dos compañeros, una intensa labor de predicación que da su fruto en la creación de una pequeña comunidad católica. Muchos de los convertidos son samuráis. La oposición del clero local, los bonzos, fue siempre fuerte.
En septiembre de 1551 le llama el príncipe de Bungo, que le permite predicar en esas islas. Un mes después y dejando algunos conversos, Francisco Javier se vuelve a la India alertado por las noticias que le llegan. El viaje de vuelta se realiza en la nao Santa Cruz que capitaneaba Diego de Pereira, quien le da la idea de organizar una embajada a China en nombre del rey de Portugal para entablar negociaciones de paz. Cuando llega a Malaca se entera de que la India ha sido nombrada provincia jesuítica independiente de Portugal y que él es su provincial.
El 24 de enero de 1552 llega a Cochín y el 18 de febrero a Goa. Después de solucionar algunos problemas de las misiones y preparar el viaje a China, parte rumbo a ese país el 14 de abril. Le acompañan en la aventura el sacerdote Gago, el hermano Álvaro de Ferreira, Antonio de Santa Fe (que era de origen chino) y un criado indio llamado Cristóbal, y se embarcaron en la Santa Cruz capitaneada por Pereida.
Cuando llegan a Malaca tienen problemas con el Capitán de Mares, Álvaro de Ataide, que retrasa el viaje por dos meses e impide que Pereida siga al mando de la nao. Llegaron a la isla Shangchuan a finales de agosto de 1552, movido al parecer por las afirmaciones de los japoneses, que no valoraban nada que no hubiese arraigado antes en China, y con la idea de evangelizar en China para que esto influyese luego en Japón. Esta isla era el lugar de encuentro entre los mercaderes chinos y portugueses.
Permanecen a la espera de la llegada de un barco chino que debe de introducirles, clandestinamente, en el continente. El 3 de diciembre de ese año muere Francisco de Javier cuando contaba 46 años de edad.
Su cuerpo es conducido a Goa, donde llega en la primavera de 1554, siendo enterrado en esa ciudad.
Canonización, patronazgo y festividades
Fue canonizado por el Papa Gregorio XV en 1622 junto a san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Isidro Labrador y san Felipe Neri.
Son muchas las obras que han reflejado al Apóstol de las Indias en pintura y escultura. Célebres artistas, como Murillo, Rubens, Van Dyck, Luca Giordano, André Reinoso y Goya, han inmortalizado con sus pinceles al Santo de Javier.
Francisco de Javier se convirtió a partir del siglo XVI en un ideal a seguir como misionero en tierra pagana. Esto ha dado lugar a una muy abundante obra que trata de su figura. Obra de todo tipo, especialmente epistolar, al considerarlo como ejemplo a seguir por los miembros de la Compañía de Jesús. Fue Javier quien creó el primer seminario de Goa y quien impulsó las vocaciones al sacerdocio de los indígenas, a la vez que proponía la catequización directa y la traducción de los textos litúrgicos a las lenguas locales.
Representación de Francisco Javier en la bóveda de la capilla dedicada al santo en la iglesia del Gesù, en Roma. La obra se basa en una de las historias milagrosas atribuidas a Francisco Javier que relata cómo recuperó su crucifijo después de perderlo en el mar. Francisco Javier estaba atrapado en una tormenta mientras viajaba a Malaca (Malasia) en el año 1546. Con fe arrojó la cruz al mar, pidiéndole a Dios que la hiciera un instrumento para pacificar las turbulentas aguas. El mar se calmó y al llegar a las costas de Malaca, Francisco Javier vio un cangrejo caminando hacia él sosteniendo su crucifijo en sus pinzas. 
Milagro de San Francisco Javier, resurrección de un muerto en Coulan (India). 
San Francisco Javier, Murillo. 
Transposición del cuerpo de San Francisco Javier a Goa (India portuguesas), milagros se hacen sobre su paso. 
San Francisco Javier, Antón Van Dyck. 
San Ignacio y san Francisco contemplando la Eucaristía.  Valdés Leal, 1.674.Casa Profesa Compañía de Jesús. 
Los Milagros de Francisco Javier, Rubens.
Actualmente la obra original se encuentra en: Museo de Historia del Arte, Viena, Austria  La obra escrita de Francisco de Javier se centra en la correspondencia que mantuvo con sus compañeros y responsables de evangelización. 
Tránsito de San Francisco,  Javier Diego de Borgraf  Flamenco 1618-1686.
Esta pintura muestra al Santo Jesuita en sus últimos momentos de vida, sobre un manto de armiño que señala su nobleza, con el hábito negro de la Compañía de Jesús y abrazando un Crucifijo. Las tonalidades de la piel y las sombras de la misma, son una característica suya, considerado el primer pintor barroco en Puebla.

La muerte de San Francisco Javier, Goya 1771-74
Este cuadro, a través de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis, fue adquirido para el Museo a Manuela Lucientes, descendiente de un hermano de la madre de Goya, en 1927 y formó parte de la obra expuesta en las salas del mismo con motivo del centenario de la muerte de Goya, en 1928. Se incorporó a las colecciones bajo el título Invención del cuerpo de Santiago Apóstol, identificación que se mantiene en los catálogos del museo hasta 1975. La confusión iconográfica no tiene demasiada justificación, a no ser por la presencia de los atributos de peregrino y la alusión a las costas del Finisterre gallego.
Los datos sobre su ingreso en el Museo son los mismos que hemos expuesto para el cuadro de La Virgen del Pilar, con el que siempre formó pareja.
Pintura de tema religioso que representa a San Francisco Javier en el momento de su muerte. Este santo jesuita es uno de los primeros discípulos de San Ignacio de Loyola y el gran misionero de la Compañía de Jesús en Oriente, por tierras de la India y Japón, donde murió. En la isla de Shang-Chuan, frente a las costas de China, fue desembarcado por navíos portugueses tal como lo narra la escena, en la que aparece el santo bajo un cobertizo de ramas, con el océano de fondo y las naos alejándose en lontananza.
Viste el hábito oscuro de los jesuitas, encima lleva esclavina de peregrino con la concha y una mancha roja representando al cangrejo que, según cuenta la leyenda, le recuperó en cierta ocasión del fondo del mar su crucifijo perdido y se convirtió posteriormente en uno de sus atributos. Tras él se distingue, reposando en el suelo, el bordón o cayado de mano. El santo jesuita murió, solo, con la única compañía de su crucifijo y la mirada puesta en el cielo. Se trata de una iconografía tradicional recogida ya por autores anteriores.
La composición está resuelta a base de amplias manchas de color dentro de una equilibrada combinación cromática. Destaca el volumen del cuerpo trazado de forma muy esquemática, lo que contrasta con el tratamiento que reciben el rostro, las manos e incluso los pies del santo. Una luz cenital, desde lo alto, le ilumina la cabeza y las manos. Sobre esa luz, que parece irradiar de él mismo, se recorta el crucifijo perfilado por un levísimo trazo blanco que define el lado iluminado y que deja la cara posterior, la que nosotros vemos, en sombra. Toda la fuerza expresiva se logra gracias a un detallado modelado que se centra en las manos aferradas al crucifijo y en el rostro, demacrado por la enfermedad pero sereno y expectante.
El resto de la escena se resuelve a base de pinceladas sueltas, diluidas y con un gran efecto de luz en las nubes, que dejan traslucir la preparación rojiza del lienzo, en perfecta armonía con la encarnación del cuerpo de los ángeles.
Este cuadro, como ya apuntamos, se adquirió con el de la Virgen del Pilar a una descendiente de Goya. Se trata de dos obras concebidas para el culto familiar al mismo tiempo, como lo demuestra la asociación de los bocetos de las mismas en páginas contiguas en el Cuaderno italiano, y que el pintor debió de realizar para sus padres a su regreso de Italia. En este caso el somero dibujo a lápiz negro difiere algo de lo que resultó ser la obra definitiva, pues aparece el santo recostado sobre su brazo derecho mirando el crucifijo, cuando en el cuadro yace boca arriba.
La devoción familiar al santo jesuita viene sin duda alguna refrendada por la onomástica que se recoge en la secuencia genealógica familiar de Goya. El nombre de Francisco y Francisca es habitual en la rama de los Lucientes. Se conoce la existencia de una tía materna del pintor con este nombre así como un Francisco Lucientes; ambos ingresan en 1764 en la Casa de Locos dependiente del Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza. La tradición se mantiene con el propio Goya, que recibe los nombres de Francisco José por su madrina de bautismo, Fran- cisca de Grasa, y por su padre José Goya respectivamente; y con su hijo menor, y el único que le sobrevivió, Francisco Javier Goya Bayeu. 
San Gregorio Magno
Fue el sexagésimo cuarto papa de la Iglesia católica. Es uno de los cuatro Padres de la Iglesia latina junto con Jerónimo de Estridón, Agustín de Hipona y Ambrosio de Milán. Fue proclamado Doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1295 por Bonifacio VIII. También fue el primer monje en alcanzar la dignidad pontificia, y probablemente la figura definitoria de la posición medieval del papado como poder separado del Imperio romano. Hombre profundamente místico, la Iglesia romana adquirió gracias a él un gran prestigio en todo Occidente, y después de él los papas quisieron en general titularse como él lo hizo: «siervo de los siervos de Dios» (servus servorum Dei).
Gregorio nació en Roma en el año 540, en el seno de una rica familia patricia romana, la gens Anicia, que se había convertido al cristianismo hacía mucho tiempo: su bisabuelo era el papa Félix III, su abuelo el papa Félix IV  y dos de sus tías paternas eran monjas. Gregorio estaba destinado a una carrera secular, y recibió una sólida formación intelectual.
De joven, se dedicó a la política, y en 573 alcanzó el puesto de prefecto de Roma (præfectus urbis), la dignidad civil más grande a la que podía aspirarse. Pero, inquieto sobre cómo compatibilizar las dificultades de la vida pública con su vocación religiosa, renunció pronto a este cargo y se hizo monje.
Tras la muerte de su padre, en 575 transformó su residencia familiar en el Monte Celio en un monasterio bajo la advocación de san Andrés (en el lugar se alza hoy la iglesia de San Gregorio Magno). Trabajó con constancia por propagar la regla benedictina y llegó a fundar seis monasterios aprovechando para ello las posesiones de su familia tanto en Roma como en Sicilia.
En el año 579 el papa Pelagio II lo ordenó diácono y lo envió como apocrisiario (una suerte de embajador) a Constantinopla, donde permaneció unos seis años y estableció muy buenas relaciones con la familia del emperador Mauricio y con miembros de las familias senatoriales italianas que se habían establecido en la capital oriental. En Constantinopla conoció a Leandro de Sevilla, el hermano del también doctor de la Iglesia Isidoro de Sevilla. Con Leandro mantuvo una constante correspondencia epistolar que se ha conservado. Durante esta estancia disputó con el patriarca Eutiquio de Constantinopla acerca de la corporeidad de la resurrección.
Gregorio regresó a Roma en 585 o 586 y se retiró nuevamente al monasterio. Luego solicitó permiso de ir a evangelizar en la isla de los anglosajones. Pero al saber el pueblo de Roma de sus intenciones, se pidió al Papa que no lo dejara ir. Ocupó desde entonces el cargo de secretario de Pelagio II hasta la muerte de este de peste en febrero de 590, tras lo cual fue elegido por el clero y el pueblo para sucederle como pontífice.
Al acceder al papado en el año 590, Gregorio se vio obligado a enfrentar las arduas responsabilidades que pesaban sobre todo obispo del siglo VI pues, no pudiendo contar con la ayuda bizantina efectiva, los ingresos económicos que reportaban las posesiones de la Iglesia hicieron que el papa fuera la única autoridad de la cual los ciudadanos de Roma podían esperar algo. No está claro si en esta época existía aún el Senado romano, pero en todo caso no intervino en el gobierno, y la correspondencia de Gregorio nunca menciona a las grandes familias senatoriales, emigradas a Constantinopla, desaparecidas o venidas a menos.
Solo él poseía los recursos necesarios para asegurar la provisión de alimentos de la ciudad y distribuir limosnas para socorrer a los pobres. Para esto empleó los vastos dominios administrados por la Iglesia, y también escribió al pretor de Sicilia solicitándole el envío de grano y de bienes eclesiásticos.
Intentó infructuosamente que las autoridades imperiales de Rávena repararan los acueductos de Roma, destruidos por el rey ostrogodo Vitiges en el año 537.
En el año 592, la ciudad fue atacada por el rey lombardo Agilulfo. En vano se esperó la ayuda imperial; ni siquiera los soldados griegos de la guarnición recibieron su paga. Fue Gregorio quien debió negociar con los lombardos, logrando que levantaran el asedio a cambio de un tributo anual de 500 libras de oro (probablemente entregadas por la Iglesia de Roma). Así, negoció una tregua y luego un acuerdo para delimitar la Tuscia romana (la parte del ducado romano situada al norte del Tíber) y la Tuscia propiamente dicha (la futura Toscana), que a partir de entonces sería lombarda. Este acuerdo fue ratificado en 593 por el exarca de Rávena, representante del Imperio bizantino en Italia.
En una oportunidad, Gregorio fijó su atención en un grupo de cautivos que estaba en el mercado público de Roma para ser vendidos como esclavos. Los cautivos eran altos, bellos de rostro y todos rubios, lo que resultó más llamativo para Gregorio. Movido por la piedad y la curiosidad preguntó de dónde provenían. «Son anglos», respondió alguien. «Non angli sed angeli» («No son anglos sino ángeles»), señaló Gregorio, frase cuya una interpretación no literal podría ser: «no son esclavos, son almas».
Este episodio motivó a Gregorio a enviar misioneros al norte, trabajo que estuvo a cargo del obispo Agustín de Canterbury. Cuando Agustín llegó a Inglaterra escribió una carta a Gregorio, preguntándole qué debía hacer con los santuarios paganos en donde se practicaban sacrificios humanos. La respuesta de Gregorio (preservada en el libro de Beda) fue: «No destruyan los santuarios, límpienlos», en referencia a que los santuarios paganos debían ser re-dedicados a Dios.
Gregorio trabó alianzas con las órdenes monásticas y con los reyes de los francos en la confrontación con los ducados lombardos, adoptando la posición de un poder temporal separado del Imperio.
También organizó las tareas administrativas y litúrgicas eclesiásticas.
Gregorio falleció el 12 de marzo del año 604.  
Atributos
Indumentaria de papa, con una paloma en su hombro y un rollo de música en la mano, Tiara papal, Báculo pastoral. 
San Gregorio Magno, Francisco de Goya y Lucientes  1795-1799. Museo Romántico de Madrid.
Desconocemos el cliente que encargó a Goya esta serie de los Cuatro Padres de la Iglesia Occidental, sugiriéndose alguna congregación religiosa madrileña. La monumentalidad caracteriza estas figuras - véase San Agustín - en las que se han apreciado ecos de Murillo y de la escultura renacentista sevillana, concretamente Pietro Torrigiano. San Gregorio Magno se sitúa sentado, en una posición casi lateral, escribiendo en un grueso libro que sujeta sobre sus rodillas. Viste amplia capa pluvial y toca su cabeza con tiara papal. El expresivo rostro indica el afán del santo en su escritura. La pincelada empleada por el artista es casi impresionista, aplicando rápidos toques de color que conforman los bordados de las vestiduras o la tiara. La fuerte luz que impacta en la figura y deja el fondo en penumbra realza el valor escultórico del personaje, concebido posiblemente para ser situado en alto.

San Gregorio Magno, Zurbarán 1.626. Museo de Bellas Artes de Sevilla.
La figura de este papa es de tamaño mayor que el natural y forma parte de un conjunto de 21 cuadros encargados por el Convento de San Pablo de Sevilla. Los cuatro Padres de la Iglesia iban destinados a la sacristía. Éstos son personajes fundamentales para la formación de la doctrina católica a lo largo de su historia. Durante el siglo XVII, recién pasado el cisma protestante y el Concilio de Trento, se recomendaba vivamente la representación de estos personajes. Se consideraba una manera de aleccionar a los fieles y de afianzar los dogmas católicos frente a los protestantes. Además, la norma exigía que se pintara de forma fácilmente accesible a la gente del pueblo. Es por esta razón que San Gregorio, que vivió durante el siglo VII, aparezca con ropas del siglo XVII, pues de esta manera cualquiera podría reconocer que se trataba de un papa. Además su manto está adornado con bordados, uno de los cuales representa a San Pedro, el primer papa de la iglesia. San Gregorio I fue apodado el Magno por sus ilustres hechos: él fue quien estableció casi en su mayor parte la liturgia católica, el canto por su causa llamado gregoriano, el calendario actual y el envío de misioneros para evangelizar otras tierras "salvajes": África, España, Francia y Gran Bretaña, donde fueron asesinados muchos de sus monjes. 
La misa de san Gregorio, Adriaen Isenbrant 1485. Museo del Prado.
Aparición de Cristo al Papa San Gregorio y sus ayudantes, que también participan del prodigio; detrás, el séquito papal. La composición de esta obra acentúa el sfumato y la gracia de Gerard David (h. 1460-1523), al tiempo que se hace eco del manierismo de Amberes en las arquitecturas y en las actitudes dinámicas de las figuras. El clérigo con la tiara de san Gregorio, en cambio, está en deuda con la escuela de Brujas y en concreto deriva del Hombre del clavel de Jan van Eyck. 
Gregorio IX recibe las Decretales, Rafael 1511. Estancias Vaticanas.
Con esta escena situada junto al Parnaso y bajo las Virtudes se quiere celebrar el Derecho Eclesiástico, en sintonía con Triboniano entrega las Pandectas que celebra el Derecho Natural. El pontífice Gregorio IX tiene el rostro de Julio II mientras que en el cardenal de la izquierda se ha visto a Giovanni de Medici y en las figuras tras él se ha reconocido a Alejandro Farnesio y Antonio del Monte. De esta manera el pintor enlaza un episodio del siglo XIII con la época que le tocó vivir. Las figuras se sitúan ante una construcción clásica enlazando con la Escuela de Atenas. La crítica considera que buena parte del fresco fue elaborada por los ayudantes de Sanzio proponiéndose a Peruzzi y Guillermo de Marcillat. El hecho de que el papa porte barba blanca serviría para fechar la obra ya que Julio II se dejó crecer la barba tras partir de Roma con el objetivo de recuperar Italia para el Papado, haciendo voto de no rasurársela si no lo conseguía, regresando a la ciudad pontificia en junio de 1511. 
San Gregorio Magno y san Jerónimo, Pedro Berruguete 1485-1500. Museo del Prado.
Esta tabla y su pareja San Ambrosio y san Agustín debieron formar parte de la predela de un retablo de tamaño medio. Pese a que no están documentadas, al igual que la mayoría de las obras que se atribuyen a Pedro Berruguete, no cabe duda de que se deben a la mano del pintor de Paredes de Nava, tanto por los tipos humanos representados en ellas, como fundamentalmente por el estilo. Característico del modo de hacer de Berruguete es su interés por traducir las calidades de las cosas, como se constata en la rica dalmática de san Gregorio, con los apóstoles Pedro y Pablo bordados en la cenefa del primer plano; en los libros abiertos, o en los grandes cabujones rodeados de perlas y con los habituales toques de luz en resalte que con tanta frecuencia repitió el palentino en sus obras. También es representativo el tratamiento de las superficies, con sus típicas pinceladas claras y oscuras, patentes en los rostros, de tonalidad broncínea y fuertemente estructurados, y en las manos de san Jerónimo y san Ambrosio. A diferencia de sus otras representaciones de los padres de la Iglesia, Berruguete los muestra aquí sin nimbos. Se identifica a san Gregorio -que aparece con la mano derecha levantada y sosteniendo el libro con la izquierda- por la triple corona papal, y a san Jerónimo -que sujeta el cordón del capelo con la mano derecha y el libro con la izquierda- por el hábito de cardenal. Excepcionalmente, Berruguete no incluye en esta tabla el león que figura en sus otras imágenes de san Jerónimo, como la de la Diputación de Palencia y las de las predelas de los retablos del monasterio de Santo Tomás y de la catedral de Ávila. 
La Misa milagrosa de San Gregorio Magno, Simon Franck (Simon von Aschaffenburg) siglo XVI.
Puede apreciarse en la pintura el escudo heráldico de las familias Venediger y Remees. 
Triunfo de San Gregorio, Juan de Roelas 1608. Ushaw College en el condado de Durham, Reino Unido.
En este lienzo Roelas pone de manifiesto su atención a los rostros de los personajes, prestando especial atención al lenguaje gestual, algo en lo que fue maestro, tomando buena nota de ello el joven Velázquez.
Santa Helena de Constantinopla
En un mesón propiedad de sus padres en Daprasano (Nicomedia) nació pobre en el seno de una familia pagana. Allí pudo, en su juventud, contemplar los efectos de las persecuciones mandadas desde Roma: Vió a los cristianos que eran tomados presos y metidos en las cárceles de donde salían para ser atormentados cruelmente, quemados vivos o arrojados a las fieras. Nunca lo entendió; ella conocía a algunos de ellos y alguna de las cristianas muertas fueron de sus amigas ¿qué mal hacían para merecer la muerte? A su entender, sólo podía asegurar que eran personas excelentes.
San Ambrosio, que vivió en época inmediatamente posterior, la describe como una mujer privilegiada en dones naturales y en nobleza de corazón. Y así debía ser cuando se enamoró de ella Constancio, el que lleva el sobrenombre de Cloro por el color pálido de su tez, general valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano. Tenía Elena 23 años al contraer matrimonio. En Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del 274, el hijo que llegaría a ser César de Maximiano como Galerio lo fue de Diocleciano.
Pero no todo fueron alegrías. Elena fue repudiada por motivos políticos en el 292 para poder casarse Constancio con la hijastra de Maximiano y llegar a establecer así el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía. Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el hecho de verse separada de su hijo Constantino que pasó a educarse en el palacio junto a su padre y donde se reveló como un fantástico organizador y estratega.
Muerto Constancio Cloro en el 306, Constantino decide llevarse a su madre a vivir con él a la corte de Tréveris. En esta época aún no hay certeza histórica de que su madre fuera cristiana. Sí, cuando -por testimonio de Eusebio de Cesarea- aparezca sobre el sol el signo de la cruz con motivo de la batalla de Saxa Rubra y la leyenda "con este signo vencerás" que dio el triunfo a Constantino y lo hizo único Emperador de Roma, en el 312.
Aunque el emperador retrasará su bautismo hasta la misma muerte, es complaciente con la condición de cristiana que tiene su madre que daba sonados ejemplos de humildad y caridad. Incluso parece descubrirse la influencia materna tras el Edicto de Milán que prohibía la persecución de los cristianos y los edictos posteriores que terminan vetando el culto a los dioses lares. Agasaja a su madre haciéndola Augusta, acuña monedas con su efigie y le facilita levantar iglesias.
En el 326 Elena está con su hijo en Bizancio, a orillas del Bósforo. Aunque se aproxima ya a los setenta años alienta en su espíritu un deseo altamente repensado y nunca confesado, pero que cada día crece y toma fuerza en su alma; anhela ver, tocar, palpar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres. Organiza un viaje a los Santos Lugares en cuyo relato se mezclan todos los elementos imaginables pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse del desplazamiento de la primera dama del Imperio a los humildes a lejanos lugares donde nació, vivió, sufrió y resucitó el Redentor. Pero aparte de todo lo que de fantástico pueda haber en los relatos, fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz con resultados negativos entre los cristianos que no saben dar respuesta satisfactoria a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a indagar entre los judíos hasta encontrar a un tal Judas que le revela el secreto rigurosamente guardado entre una facción de ellos que, para privar a los cristianos de su símbolo, decidieron arrojar a un pozo las tres cruces del Calvario y lo cegaron luego con tierra. 
Las excavaciones resultaron con éxito. Aparecieron las tres cruces con gran júbilo de Elena. Sacadas a la luz, sólo resta ahora la grave dificultad de llegar a determinar aquella en la que estuvo clavado Jesús. Relatan que el obispo Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión solemne, con toda la veneración que el asunto requería, rezando plegarias y cantando salmodias, para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo de una cristiana moribunda por si Dios quisiera mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al ser colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las cruces la pobre enferma que recuperó milagrosamente la salud.
Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.
No han faltado autores que atribuyan a la fábula el hecho de la invención por Elena basándose principalmente en que no hay noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un siglo después. Ciertamente es así, pero lo resuelven otros estudiosos afirmando que la fuente histórica que relata los acontecimientos es el historiador contemporáneo Eusebio de Cesarea al que en su Vita Constantini sólo le interesan los acontecimientos realizados por Constantino, bien porque sigue los cánones de la historia contemporánea, o quizá porque sólo le interesa adular a su anfitrión.
Murió Elena sin que sepamos el sitio ni la fecha. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a la Ciudad Eterna y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena, la mujer que dejó testimonio tangible y visible en unos maderos del paso salvador por la tierra de Jesús, el Hijo de Dios encarnado.

Atributos
Cruz, Tres clavos, Maqueta de una iglesia.

Santa Helena con la Vera cruz, Francesco Morandini
Helena muestra la verdadera Cruz (la Cruz en que Cristo fue crucificado), que se dice haber descubierto en Jerusalén. Su elaborado tocado y rasgos idealizados, ligeramente masculinos revelan al artista del llamado taller de Miguel Ángel divino (divina cabezas), admirado por su gran belleza. Pensaba Morandini y otros artistas florentinos de finales del siglo XVI de Miguel Ángel que era el mayor artista de todos los tiempos, y devotamente imitaban sus obras. 
El arte iconográfico ha ayudado siempre a la evangelización, a reflejar en forma de imágenes la historia de Salvación aparecida en la tradición de la iglesia. Los frescos realizados por Piero della Francesca, que se hallan en la capilla mayor de la iglesia de San Francisco en Arezzo (Italia), nos ayudan a comprender el Misterio de la Cruz, inmerso en una leyenda que relaciona la vida del primer hombre, Adán, con la de Cristo y con diversas escenas posteriores en las que el “Santo” madero ayudó a los primeros cristianos.
A mediados del siglo XV el pintor italiano Piero De Benedetto Dei Franceschi, apodado Piero della  Francesca, se hizo cargo del proyecto de decoración de la capilla mayor de la iglesia de San Francisco en Arezzo, sufragado por la familia Bacci. El artista creó el fresco que mejor representa la leyenda de la Santa Cruz, en el que refleja la tradición recogida en la obra La Leyenda Dorada, de Santiago de la Vorágine, escrito de gran difusión en el Renacimiento.
La Leyenda de la Vera Cruz está compuesta por doce escenas que se inician con la enfermedad de Adán, que antes de morir recibió la promesa del arcángel San Miguel de un óleo milagroso. La historia cuenta que Adán envió a su hijo Set a recoger el óleo, recibiendo una rama de olivo de la que brotaría el óleo de la salvación. Transcurridos los años, Salomón decidió emplear el árbol que había crecido de la rama de olivo para la construcción de su templo, pero al no lograrlo se utilizó como puente.
La reina de Saba veneró el Sagrado Madero cuando fue a visitar al monarca judío, prediciendo que ese madero sería el culpable de la desaparición del reino de los judíos. Salomón intentó ocultar el madero pero fue descubierto y se empleó para la construcción de la Cruz con la que se crucificó a Cristo. Para evitar que el lugar se convirtiera en un centro’ de peregrinación se construyó sobre el Gólgota un templo a Venus. Pero 300 años después, Constantino tuvo un sueño en el que se le aparecía una cruz con la que obtendría una importante victoria. Efectivamente, con el signo de la cruz consiguió vencer en la batalla contra los bárbaros y expulsarlos de la frontera del Imperio.
El emperador decidió convertirse al cristianismo y su madre, Santa Elena, inició la búsqueda de la Sagrada Reliquia en Palestina, preguntando entre los judíos y llegando a torturar a Judas, que conocía el emplazamiento, hecho que se conoce como “la tortura del judío”. Tras las revelaciones, se destruyó el templo y aparecieron tres cruces. Una de ellas, en la que murió Cristo, realizó el milagro de resucitar a un joven. Transcurridos otros 300 años, el rey persa Cosroes se apodera de la reliquia, haciéndose adorar como un dios, provocando la ira del emperador bizantino Heraclio, que le derrota y decapita. Heraclio se adueña de la Sagrada Cruz y la devuelve a Jerusalén. Con la Exaltación de la Cruz acaba la historia representada en el fresco.
Algunas escenas bíblicas, como la Anunciación, son incluidas en el tema de este ciclo por iniciativa del pintor. La Anunciación no es estrictamente parte de la Leyenda de la Vera Cruz pero probablemente fue incluida por Piero della Francesca debido a su significado universal.
Giorgio Vasari, célebre sobre todo por sus biografías de artistas italianos y fuente primordial para el conocimiento de la historia del arte italiano, escribió en sus Le Vite (1568) a propósito de Piero della Francesca y de La leyenda de la cruz: “En la obra hay historias de la cruz, desde los hijos de Adán, enterrándola, le ponen bajo la lengua las semillas del árbol, del que después nace el referido árbol; la exaltación de la Cruz hecha por el emperador Heraclio, el cual llevándola sobre la espalda a pie y descalzo entró con ella en Jerusalén. Donde hay muy bellas consideraciones y actitudes dignas de ser alabadas: como, por ejemplo, los vestidos de las damas de la reina de Saba, realizadas de manera dulce y nueva; muchos retratos del natural, antiguos y vivísimos; una serie de columnas corintias divinamente medidas; un villano, que apoyado con las manos en la pala, está con tal rapidez a oír hablar a Santa Elena mientras las tres cruces se desentierran, que no es posible mejorarlo.
El muerto está muy bien hecho, que al tocar la Cruz resucita; y la propia alegría de Santa Elena, con la maravilla de los que allí concurren y se arrodillan para adorarla. Pero sobre toda otra consideración de dibujo y de arte es haber pintado la noche y un ángel en escorzo, que viniendo hacia delante para traer el signo de la victoria a Constantino que duerme en un pabellón, guardado por un camarero y algunos soldados oscurecidos por las tinieblas de la noche, con la misma luz propia ilumina el pabellón, los hombres armados y todo lo que le rodea con grandísima discreción. (…)
En esta misma historia, della Francesca expresa eficazmente en una batalla el miedo, la animosidad, la destreza, la fuerza, y todas las demás emociones que puede experimentar las gentes que luchan; y de la misma manera, los accidentados con una masacre casi increíble de heridos, caídos y de muertos: en los cuales, por haber contrahecho en fresco las armas que brillan, merece la mayor alabanza, no menos que por haber hecho en la otra cara, donde está la huida y sumisión de Majencia, un grupo de caballos en escorzo igualmente ejecutados de forma maravillosa, que a veces pueden ser llamados demasiado bellos y demasiado excelentes.
Tortura del judío, Piero della Francesca 1452-1466. Iglesia de San Francisco de Arezzo.
Tras la victoria de Constantino sobre Magencio, el emperador romano reunió a todos los pontífices con el fin de averiguar a qué dios pertenecía la señal en cuyo nombre había conseguido tan importante triunfo. Ningún sacerdote le supo dar respuesta pero sí acertaron algunos cristianos que le explicaron el misterio de la Santa Cruz y la fe cristiana, siendo Constantino bautizado en la religión cristiana. Santa Elena, la madre del emperador, se trasladó a Jerusalén para encontrar los restos de la Sagrada Cruz, escondidos tras la crucifixión de Cristo bajo la edificación de un templo a Venus, construido para evitar las peregrinaciones de cristianos a lugares sagrados. La santa convocó a los sacerdotes judíos más sabios de Palestina para que le revelaran el lugar del escondite pero se negaron a desvelar el misterio, siendo condenados a morir quemados vivos. Ante esta dura amenaza indicaron que Judas, el nieto de Zaqueo, conocía el lugar requerido por Santa Elena. Judas tampoco quiso revelar el secreto emplazamiento, por lo que fue condenado a morir de hambre en el fondo de un pozo; transcurridos seis días de tortura, el judío descubrió el lugar donde se encontraba la Sagrada Cruz. Piero muestra el momento en el que Judas es descendido al pozo por los sirvientes de santa Elena, empleando una polea situada en una estructura formada por tres gruesos listones. Uno de los verdugos agarra de los cabellos al hebreo, que más tarde se convierte al cristianismo tomando el nombre de Ciriaco, siendo nombrado obispo de Jerusalén. La escena se desarrolla ante un fondo de murallas, apreciándose una torre en la zona izquierda; un potente foco de luz ilumina a los personajes para dotar de volumen y anatomía a sus figuras, destacando la ausencia de expresividad y la escasa fuerza de los hombres que izan a Judas. Sin embargo, sus miembros están sabiamente trabajados, superando incluso a Masaccio, cuya obra admiró Piero durante su estancia en Florencia en el año 1439. 

Descubrimiento y milagro de la Vera Cruz, Piero della Francesca 1452 1466. Iglesia de San Francisco de Arezzo.
Tras haber descubierto el judío Judas el emplazamiento de la Sagrada Cruz, santa Elena procedió al derribo del templo dedicado a Venus que ocultaba las reliquias, encontrando tres cruces. Estaba en el lugar indicado pero desconocía cuál había correspondido a Cristo. Se produjo entonces un milagro ya que un joven fue resucitado por el Santo Madero. Santa Elena envió una parte de la Cruz a su hijo Constantino y dejó el resto de la reliquia en Jerusalén. En esta escena que observamos, Piero della Francesca narra de manera sucesiva el hallazgo de las tres cruces en la zona de la izquierda y el milagro de la resurrección en la derecha, recurriendo a una secuencia típicamente medieval pero que también encontramos en los frescos de la Capilla Sixtina pintados años más tarde por Botticelli o Cosimo Rosselli. Las escenas se desarrollan ante una representación ideal de Jerusalén que más bien corresponde a una imagen de Borgo de Sansepolcro o la propia Florencia, abundando los edificios dotados de cierto clasicismo. El terreno en el que se sitúan las figuras permite cierta desconexión entre éstas y el fondo, creando la sensación de encontrarse ante un mero telón teatral aun cuando el paisaje es de gran belleza y excelente ejecución. Las figuras continúan ausentes, sin expresión, a pesar de gozar de una sabia anatomía y un efecto escultórico creado gracias al empleo de una luz uniforme que ensalza a los diversos personajes. Algunas de las figuras se encuentran de espaldas en un claro ejemplo del virtuosismo del maestro, que recuerda por momentos a Masaccio, cuyos frescos de la Capilla Brancacci cautivaron a Piero durante su estancia en Florencia en el año 1439. 


Santa Elena buscando la Cruz, Pedro Berruguete. Museo de la parroquia de Santa Eulalia. Paredes de Nava. Palencia. 
La verificación de la Cruz de Cristo, Pedro Berruguete. Museo de la parroquia de Santa Eulalia. Paredes de Nava. Palencia. 

San Hipólito de Roma
Hipólito de Roma u obispo Hipólito  fue un escritor de la Iglesia cristiana primitiva. Al parecer fue elegido como el primer antipapa en 217, pero murió reconciliado con la Iglesia el 235 como un mártir, por lo que ahora es honrado como un santo. El misterio que envuelve a la persona y los escritos de Hipólito, uno de los más prolíficos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, fue desvelado un poco por primera vez a mediados del siglo XIX por el descubrimiento de su Philosophumena. Asumiendo que este trabajo sea obra de Hipólito, la información dada en él respecto al autor y su época puede combinarse con otras fechas conocidas para tener un esquema razonable de su vida.
Hipólito debe haber nacido en la segunda mitad del siglo II, probablemente en Roma. Focio lo describe en su Bibliotheca (cod. 121) como un discípulo de Ireneo y a este como discípulo de Policarpo de Esmirna. Pero esto no es seguro, e incluso si lo fuera, no implica necesariamente que Hipólito haya disfrutado a título personal de la enseñanza del célebre obispo galo. Quizás el pasaje apunta simplemente a poner de relieve el vínculo existente entre su sistema teológico con aquel de Ireneo, lo que por otra parte surge fácilmente de sus escritos.
Presbítero de la Iglesia de Roma en la época del Obispo Ceferino, Hipólito se distinguió por su cultura y elocuencia. Fue en esa época cuando el entonces joven Orígenes escuchó sus prédicas. Probablemente poco tiempo antes que cuestiones de teología y de disciplina eclesiástica provocaran conflictos directos con Ceferino o con su sucesor Calixto I.
Hipólito acusó al obispo de favorecer la herejía cristológica de los monarquianistas y de dañar la disciplina de la Iglesia por su laxo accionar al permitir el reingreso a la Iglesia a antiguos miembros excluidos en razón de ofensas graves. El resultado fue un cisma y es probablemente por tal razón que Hipólito se alejó de la Iglesia durante unos diez años liderando una congregación separada. Durante las persecuciones del emperador Maximino el Tracio del año 235, Hipólito y Ponciano, que era entonces papa, fueron exilados a Cerdeña, donde murieron.
Surge de la así llamada "Cronología del año 354" (más precisamente Catalogus Liberianus) que un 13 de agosto, probablemente del año 236, los cuerpos de los exilados fueron enterrados en Roma, el de Hipólito en el cementerio de la Via Tiburtina. Esto lleva a suponer que antes de su muerte fue recibido nuevamente en el seno de la Iglesia. Esto estaría además confirmado por el hecho que desde entonces su memoria es venerada en tanto que santo y mártir.
El papa Dámaso I le dedicó uno de sus famosos epigramas. Prudencio transpuso elementos del mito griego de Hipólito, el hijo de Teseo (cuyo nombre en griego significa “el que desata los caballos” y que murió arrastrado por sus caballos) a su relato sobre la muerte del santo cristiano. Así, describió de manera conmovedora el cruel suplicio del Hipólito histórico, lo que es casi con certeza una leyenda. Por tales razones, se transformó en el santo patrón de los caballos (el primero es San Antonio de Padua). Durante la Edad Media, los caballos enfermos solían ser llevados a St Ippolitts, en Hertfordshire (Inglaterra) donde una iglesia le había sido consagrada.
En los tiempos que siguieron, poco quedó de la memoria del Hipólito histórico. Ni Eusebio de Cesarea ni Jerónimo de Estridón (San Jerónimo) supieron que el autor tan leído en el Este y el santo romano eran una misma y única persona. Muchos estudiosos estimaban que ello no era probable argumentando que diferentes niveles de desarrollo de la doctrina de la Trinidad eran indicadores de épocas de escritura diferentes. El comentario del "Chronicon Paschale" contiene solo ligeras reminiscencias de los hechos históricos, como el hecho que la sede episcopal de Hipólito estaba situada en Portus en las cercanías de Roma.
En 1551 se encontró una estatua de mármol en un cementerio de la Vía Tiburtina que representaba un hombre sentado: en ambos lados del asiento estaba grabado un ciclo pascual y en la parte anterior figuraban los títulos de numerosos escritos: era la estatua de Hipólito aplicado a su trabajo. Correspondía indudablemente al siglo III. Fue colocada en el Museo Laterano: un registro en la piedra que representaba una tradición perdida.
Investigaciones recientes han puesto en tela de juicio la reconstrucción de la biografía. Retomando una propuesta de Pierre Nautin, el congreso romano de 1976 llegó a la conclusión que era menester distinguir, al margen de varias obras apócrifas, dos autores, un Hipólito occidental y uno oriental. El mal llamado Hipólito occidental (del que no hay pruebas de que se llamara Hipólito) sería el autor de los Philosophumena y el tratado Sobre el universo (cuyos títulos aparecen en la estatua romana). En cambio, el autor oriental, cuyo nombre era efectivamente Hipólito, compuso sobre todo obras exegéticas. Estas posiciones han sido confirmadas en general por investigaciones sucesivas, aunque con cambios menores. Por ejemplo, se registra un escepticismo creciente sobre el papel de Hipólito en la redacción de la Tradición Apostólica. También se duda de las indicaciones de Pirro Ligorio sobre las circunstancias en que fue hallada la estatua. Toda la cuestión necesita una revisión de conjunto e imparcial. 
Atributos
Tiara papal
Martirio de San Hipólito, Hugo van der Goes y Dirc Bouts. Groeningemuseum. Brujas.
Realizado originalmente para decorar el altar de la Catedral de Brujas. La tabla central muestra el martirio del Santo, despedazado por cuatro caballos que tiran de cada uno de sus miembros. Sitúa la escena en un terreno empinado sobre el que destaca el cuerpo blanquecino del Santo frente a los elegantes y luminosos trajes de sus verdugos vestidos según la moda de Flandes. Detrás tres personajes observan la escena con indiferencia. La tabla que compone la hoja izquierda del tríptico, que aquí no muestro, fue realizada por Hugo Van der Goes, que debió terminar la obra inconclusa de Bouts o bien colaborar con él. Los donantes salen claramente de mano de éste pintor. Se trata Hippolyte de Berthoz, tesorero de Carlos el Temerario, y su esposa Elisabeth Hugheins. La hoja derecha, tampoco en imagen, muestra un grupo de caballeros y su explicación no es clara.







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