jueves, 4 de febrero de 2010

Monasterio de Moreruela

Las ruinas del Monasterio de Moreruela se sitúan a 33 kilómetros al norte de Zamora, casi equidistante de ésta y Benavente. No hay problemas para llegar al lugar, puesto que se halla bien indicado en los desvíos. Para los amantes del románico y las viejas piedras el lugar es absolutamente magnífico. A pesar de su lamentable estado de "gloriosa ruina", pasa unas horas entre sus muros bien merece la pena aun teniendo en cuenta lo alejado de su localización (con respecto a Aragón, claro).


La imagen aérea del Sig-Pac (Imagen 8) nos aporta una buena imagen del conjunto de las ruinas monásticas en las que el templo ocupa el ángulo sureste. Sus dimensiones aproximadas son de 68 metros, de hastial de poniente a exterior de ábside, por 20 de achura de sus tres naves. La cabecera mide 28 metros de ábside sur al del lado norte.

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Antes de este monasterio, hubo otro en Moreruela de Suso fundado por San Froilán a finales del IX, reinando Alfonso III. Se ubicaba en la orilla opuesta del Esla. En 1143 fue trasladado a este enclave según consta en su re-fundación, otorgada por Alfonso VII a Don Ponce de Cabrera. Es considerado como el primer enclave del Cister en nuestro país, aun cuando hay voces discordantes al respecto. La desamortización de 1836 supuso su desgraciado declive. Es Monumento Nacional desde el 3 de junio de 1831.

Se trata sin duda de una magnífica obra elaborada con cuidada sillería de arenisca perfectamente escuadrada y ajustada en la que existe gran profusión de marcas de cantería de cuidada factura, algunas de ellas dignas de mención, como se verá al final del trabajo. El hecho de hallar tan diverso número de marcas da una idea de la magnitud de las cuadrillas dedicadas a su construcción, así como el notable potencial económico de los comitentes.

Lo visto encaja perfectamente con la norma general edificativa del Cister en España. Basta dar un vistazo a Veruela en Aragón, o a Fitero en Navarra, para comprender que son resultados evidentes de una forma única de plantear la edificación, aunque cada uno de ellos tenga sus matices diferenciales.


En el caso de Moreruela, se trata de un edificio de planta de cruz latina, canónicamente orientado. Su cabecera es monumental y afortunadamente la parte mejor conservada del conjunto. Siete absidiolos en disposición radial en torno a la girola que rodea el majestuoso altar central. Todos ellos abren a la nave transepto. Y tras ella, la nave del templo, organizada al interior en tres naves de nueve tramos definidos por otras tantas parejas de pilares cruciformes de los que resta su arranque. Las naves laterales son angostas, en consonancia con la dimensión del deambulatorio al que continúan.

La cabecera, como decía, es de una elegante monumentalidad. Fue estructurada en tres niveles, emergiendo con fuerza en su centro el correspondiente al gran altar mayor (Imágenes 3 a 5). Siete (número mágico) absidiolos dispuestos radialmente constituyen el primer nivel, que rodea al conjunto a la vez que le aporta el elemento de contrafuerte necesario para poder elevar la fábrica hasta el punto previsto. Dicen los arquitectos que las cabeceras románicas son "autoportantes". Cilindro absidal y bóveda componen un todo de gran solidez y difícil ruina (Ello explica el hecho de que las más de las veces lo que se arruina es la nave; pero no la cabecera). Los absidiolos poseen semicolumnas adosadas como única decoración y ventanal centrado, a excepción de los laterales -que abren al transepto- en los que el vano es lateral ( y con columnillas y capiteles con decoración vegetal en el del lado norte).

De entre los absidiolos, emerge la estructura semicircular del paramento externo del deambulatorio con sus pilastras-contrafuerte en la unión de cada dos absidiolos y sus muros planos entre ellas, aportando un contorno poligonal al mismo. En cada muro abre un vano de medio punto derramado de sencilla decoración. Y en el presbiterio, óculo y vano (Imagen 2).

Por fin, continuando el paramento interior del deambulatorio se eleva, majestuosa, a considerable altura la estructura del ábside central. De planta semicircular, segmentada en lienzos por pilastras contrafuerte en la misma disposición que lo visto en el deambulatorio. Y entre cada dos de ellas, un alargado vano de medio punto decorado con arquivoltas y capiteles sencillos al modo cister, que a buen seguro proporcionarían una notable iluminación al interior. Remata la estructura en altura una decoración de arquillos ciegos en tres niveles. En el inferior, de mayos amplitud y apeados en mensulillas. Y por encima otras dos filas, superpuestas, que transforman a los pequeños arquillos en una sucesión de oquedades de medio punto de bello resultado estético.


Y a poniente de la cabecera descrita hallamos la nave transepto, de eje perpendicular al mayor del templo de casi treinta metros de longitud y de notable altura. tanta como la del ábside central. Todavía impresiona elevar la vista desde el interior hacia lo que resta de sus bóvedas. Al lado sur de esta nave, abre una portada, hoy cegada, de tres arquivoltas y guardapolvo, con capiteles de decoración vegetal y basas, faltando los fustes. Debió de corresponder funcionalmente al acceso al cementerio, puesto que el claustro se sitúa al lado norte (Imagen 8). En altura, un óculo que contribuyó a iluminar el interior. Sobre su lado norte se alza una espadaña bífora, recrecida con un cuerpo más de ladrillo y un solo vano, sobre la que abundan nidos de cigüeñas. En mi visita de agosto/2006, vacíos, y de uno de ellos colgando los restos de una de esas aves, en absoluta consonancia con el silencio y abandono del lugar.

El interior de templo monástico, aun a pesar de su ruina, es espectacular. En especial la zona de la cabecera, que es la mejor conservada del mismo. Volver la vista a poniente, hacia donde estuvo la nave, es desolador (Imagen 14). Solo los arranques de los nueve pares de pilastras que marcan la separación de sus tres naves nos permite hacernos una idea de su majestuosidad.


La nave transepto conserva una pequeña parte de su bóveda de medio cañón en el lado norte (Imágenes 1 y 4). A ella abren los extremos del deambulatorio -por medio de vanos doblados levemente apuntados- y el altar central del templo -de medio punto perfecto también doblado-. Todo ello articulado en torno a dos potentes pilastras de sección cruciforme con semicolumnas adosadas y columnillas en sus ángulos para el volteo de las desaparecidas nervaduras del tramo central del transepto (queda el arranque de las mismas).

El magnífico altar central se compone de dos tramos bien definidos: un presbiterio recto, cubierto de medio cañón y el cilindro absidal que lo hace con cuarto de esfera reforzado por seis nervaduras de perfil triple que convergen en la clave y apean a media altura en ménsulas del tipo "cul de lamp" (Imágenes 6 y 7).

El cilindro absidal está formado por ocho pilastras circulares a modo de columnas que se alzan sobre bancada corrida, dejando un acceso en la unión de presbiterio y cilindro absidal en su lado sur (Imágenes 7 y 8). En ellas apean otros tantos arquillos que son de medio punto en el presbiterio y apuntados en el cilindro absidal.


El paramento constituido por las pilastras circulares descritas, se continua en altura, tras una línea de imposta en la que arrancan las nervaduras de la bóveda, con la serie de siete vanos derramados que ya veíamos al exterior (Imagen 6). Poseen una arquivolta cada uno, a base de baquetón apeado en capiteles y basas no decorados. La bóveda del ábside es de medio cañón y llama la atención la notable longitud de los elementos que la componen así como su perfecta disposición.



Tras la fila de pilastras-columna discurre el deambulatorio. Angosto, al igual que lo fueron las naves laterales de las que es prolongación. Al mismo abren cinco de los siete ábsidiolos y entre cada dos, una semicolumna adosada que sirve de apeo a la estructura de la bóveda corrida del mismo. El algunos casos, lucen decoración en capiteles y basas, como lo visto en las imágenes 10 y 11.

Cubre el deambulatorio con una sucesión de bóvedas de arista, cuadradas en el presbiterio y trapezoidales en el cilindro, reforzadas con nervaduras de triple sección (Imagen 9). Los cilindros absidales que abren al deambulatorio son de medio punto y de hechura muy sencilla, sin más decoración que la imposta, la propia dobladura del arco de acceso en unos o la existencia de un fajón apeado en ménsulas en otros (Imagen 13). Con seguridad, la decoración fue pictórica, con alusiones a la consagración y advocación de cada uno de ellos, como podemos ver todavía en el monasterio de Veruela en Zaragoza.

Los absidiolos de los extremos, abren ya a la nave transepto y sus ambocaduras son dobladas y apuntadas (Imagen 12).


Una portada en el lado norte del arranque de la nave, permite el acceso a lo que fuera claustro monástico, del que no queda sino su planta (Imágenes 16 y 17). Desde lo que fuera crujía norte se accede a los restos de la sala capitular y a otra dependencia monacal que veremos más adelante.

La sala capitular del monasterio se sitúa continuando la línea del transepto norte y a la misma se accede desde la crujía norte del desaparecido claustro monástico. Se hallaba parcialmente arruinada, sobre todo la parte que comunica con el claustro, quizá porque lo que debió de ser bella arquería se expolió y propició la caída de esa parte. Recientemente se ha rehecho con materiales modernos, fácilmente diferenciables de la estructura original. El lado este de la misma se conserva bien (Imagen 1) y permite hacernos una idea de su hechura.

A continuación de la sala capitular hay otra sala, llamada de los monjes compuesta de dos naves de tres tramos cubiertos mediante bóvedas de media esfera de mampostería que lucen roseta central con doble estrella (Imagen 4). Se alzan sobre cortas y recias semicolumnas adosadas a pilar cuadrado sobre las que voltean los respectivos arcos de medio punto que estructuran la sala (Imagen 3).

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Como apuntaba al principio, las marcas de cantería en este templo son abundantísimas, de muy buena hechura y atestiguando la labor de numerosos grupos de cantero en el monasterio. Aporto algunos ejemplos de las mismas, por lo curioso de las mismas o por la bella ejecución de sus formas.

Destaco la imagen 5, que es una serpiente con su cuerpo enlazado formando tres círculos consecutivos. Se halla en el lado sur de uno de los pilares de separación entre nave central y sur, hacia los pies del templo y la vi repetida en otro pilar cercano. Símbolo esotérico donde los haya. Serpiente y sucesión de lazos de influjo ¿celta?. Dejar volar la imaginación es gratis.

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También he recogido un par de "llaves" de distinta hechura (Imágenes 7 y 8), quizá influenciado por la de Santiago de Agüero, que ando buscando similares sin hallarlas.

Marcas en forma de lazo, cruz formada por cuatro patas de ganso... Destaco por su posible significado la que me mostró el guarda del monumento, Antonio, en una zona restringida a la visita, en lo más antiguo del monasterio (Imagen 12). Se apunta que quizá sea una ingenua representación de un plano del mismo.

Por fin otras dos ¿marcas? muy elaboradas, que se hallan en las claves de dos pequeños arcosolios a la derecha del acceso al claustro. Una de ellas es una cabra, muy bien realizada (Imagen 13), y a decir del guarda, podría estar en relación con Ponce de Cabrera. La otra, la vemos repetida por el monasterio, pero no con la elaboración y cuidado que aquí se halla (Imagen 15).

En fin, que este lugar es idóneo para los amantes de las viejas piedras, el arte, la fotografía... Ofrece innumerables posibilidades y horas de distracción y reflexión. Recomiendo encarecidamente su visita. No defraudará a nadie.

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